El barrio Destino y Aventuras en el campo Por: Miguel Ángel Velázquez Vega

El barrio Destino

Nuestro barrio, el Barrio Destino, en Vieques está ubicado en un punto intermedio en la ruta hacia el campamento militar llamado García. También, a través de esa ruta por la carretera 997, se llegaba a los barrios el Chivo, Luján y la Esperanza. Era un barrio pequeño donde las familias que habitaban podían contarse con los dedos de la mano, aunque sabemos que en otros tiempos estuvo más poblado que en los tiempos de mi niñez, en especial por mis familiares que luego emigraron.

Los campesinos del sector, aquellos que no habían emigrado, se dedicaban a la agricultura en pequeña escala para su subsistencia. Algunos criaban ganado, especialmente los novillos machos, para proveerse de leche o venderlos para carne cuando alcanzaban un crecimiento adecuado.

Había una familia que vivía cerca más arriba de nuestra casa. El acceso a su casa era a través de un camino angosto que dividía nuestra finca en dos y que pasaba por el lado de la nuestra. Esta familia poseía varias cabezas de ganado, en especial varias vacas lecheras. La familia capitaneada por doña Ángela, nuestra comadrona, nos proveía de leche de vaca todas las mañanas para nuestros cafés y comidas. Esta leche no era pasteurizada y teníamos que hervirla para consumirla. Era rala, espumosa y de muy buen sabor. Uno de mis hermanos tenía la encomienda de buscar la lata de leche todas las mañanas a la casa de doña Ángela. Don Julio, el marido de la comadrona, traía por las mañanas las vacas para ser ordeñadas, y luego las llevaba a pastar a yerbas cercanas. Este grupo de animales pasaba por el camino cerca de nuestra casa, y cuando hacían uso del camino no había nadie que pudiera pasar por él.

Don Julio tenía un viejo caballo llamado Palo Viejo el cual por sus resabios era muy conocido por todos en el barrio. Este animal tenía la peculiaridad de volverse como loco cada vez que sentía la proximidad de una yegua, y más si estaba en celo. Era gracioso ver a don Julio, un hombre ya entrado en años, de poca estatura, montado sobre su viejo caballo tratando de controlar sus resabios. No sabemos de dónde el dueño le puso el nombre a su caballo, pero sí sabemos que a don Julio le gustaba mucho el ron de marca Palo Viejo. Cada vez que se dirigía al pastoreo de su hato de ganado, solía pasar por el cafetín del lugar y darse un palo de este conocido ron por la ventana del cafetín sin desmontarse de su corcel. Si los palos se le subían a la cabeza, el noble animal lo llevaba a su casa sano y salvo, pues se conocía el camino de memoria. Como dato curioso, sabíamos que doña Ángela también se daba el palo de vez en cuando para aclarar su garganta y poder realizar sus tareas domésticas con más entusiasmo.

Si subíamos por la carretera rural y seguíamos la misma ruta del Campamento Militar García, llegábamos a nuestra escuelita rural. Para la educación de los niños, antes había que acudir a las escuelas del pueblo. Estas quedaban bastante distantes para los niños pequeños, por lo que se hizo imprescindible buscar solución al problema. Entonces se construyó una escuelita rural para grados primarios. Consistía en una estructura de madera y zinc abierta en su interior para ubicar varios grados a la misma vez. También se le proveyó de una estructura para un comedor, una cisterna y demás facilidades. Allí estudiamos nuestros primeros dos grados. Las maestras eran muy buenas y competentes, y sabían enseñar muy bien a los niños pequeños. Las recordamos con mucho cariño. Varias vecinas aledañas operaban el comedor y nos proveían alimentos.

Siempre recuerdo una anécdota que nos pasó en la graduación de primer grado. Mi madre me había preparado el flu para la ocasión; estaba deseoso por lucirlo. No sabemos el porqué, pero la fecha de mi graduación no estuvo muy clara. Mis hermanas me llevaron a la misma dos veces distintas, sin ser el día de la graduación. Imaginen el disgusto de mi madre por tener que vestirme dos veces sin ver resultados positivos.

Para el programa de graduación, los graduandos tenían que preparar el programa artístico. A mí me tocó declamar una poesía, la cual debía aprender y recitar de memoria frente al grupo en aquel importante día de mi vida. Recuerdo que dicha poesía decía así:

                           El Pavito Real
                          El Pavito Real
                          siempre está limpio
                          porque nunca se quita
                          el trajecito de los domingos.
           .

Aventuras en el campo

Los mejores momentos los pasé junto a mi hermano Horacio deambulando por el campo en busca de aventuras. Este me llevaba dos años, y éramos compañeros inseparables cuando se trataba de aventuras.  Algunas veces salíamos a buscar frutas que estuvieran en cosecha para ese tiempo, como: los mangos, las quenepas, las guayabas, los aprines, las calambreñas, los guamás, los pajuiles, los nísperos, y otros que no eran tan abundantes como los mencionados.

Recuerdo cuando íbamos a buscar quenepas en un árbol localizado en una zona del campo que llamábamos “el hoyo”, tal vez por lo escarpado del terreno. Aquellas quenepas eran muy deliciosas, aunque tuviéramos que batallar con las avispas que solían rechazar nuestra intromisión en sus entornos. Las quenepas eran famosas en nuestro pueblo, pues con ellas solían confeccionar el famoso bilí. Esta era una bebida que se preparaba con ron, preferiblemente ron cañita, y que se hizo muy popular y característica de nuestra Isla.

Algunas de estas aventuras eran riesgosas, pues teníamos que adentrarnos en fincas ajenas para sustraer las frutas que estábamos buscando, y enfrentarnos a los gritos de amenaza de los furibundos dueños que querían impedírnoslo. No fueron pocas las veces que tuvimos que salir corriendo de esas fincas privadas donde dejamos el pellejo rasgado por los alambres de púas que resguardaban estas propiedades. Sin sentir vergüenza, les digo que valió la pena el riesgo corrido, pues el fin perseguido justificaba nuestra osadía.

Otras de nuestras más frecuentes aventuras era ir a darnos un chapuzón a la quebrada acompañados de otros muchachos del barrio. Las playas quedaban un tanto lejos, y no gozábamos de un medio de transporte para visitarlas. Las quebradas quedaban cerca. Aunque sus aguas estaban contaminadas, esto no constituía un temor para nosotros que acudíamos frecuentemente a gozar de un buen chapuzón. Cabe señalar que no fueron pocos los que adquirieron enfermedades, incluyéndonos, producto de la contaminación de aquellas aguas.

En una ocasión, en otra de nuestras andadas, pasamos en nuestro recorrido por la finca de nuestro vecino don Julio. Allí se encontraba su hijo Pablo construyendo una pequeña casita. Como muchachos curiosos procedimos a entrar a la casita, la cual ya tenía puertas instaladas, pero sin cerraduras. En la acción de abrir y cerrar una de las puertas, se me pilló un dedito entre las dos hojas de la puerta y comencé a gritar a mi hermano: “Horacio, corre, corre”. Él pensó correr, pero no sabía hacia dónde ni se percataba de lo que me estaba pasando. Como él estaba al otro lado de la casita hablando con Pablo cuando oyó mis gritos, comenzó a correr sin dirección hasta que se encontró conmigo y con mis dedos pillados. Abrió de inmediato la puerta, y los dedos se soltaron. El dolor que sentí fue intenso, pero no fue nada que un poco de agua fresca no pudiera aliviar.

Recuerdo una tarde en que nuestro vecino Adolfo, carpintero de oficio, construyó una pequeña machinita de madera para la diversión de sus hijos y demás muchachos. Era una plataforma provista de una tribuna de madera de forma circular, la cual giraba alrededor de un tubo de acero en su centro que le servía de eje. El tubo estaba dotado de unos tubitos horizontales en forma de cruceta, cuya función era la de darle impulso a la plataforma para que girase más rápidamente. Uno de los usuarios debía de sentarse lo más cerca posible del tubo central y accionar la cruceta para dar impulso de rotación a la plataforma. Mi hermano Horacio fue el elegido para tal acción. Se sentó en la machina con el tubo central entre sus piernas, y procedió a accionar la cruceta de rotar la machina haciendo fuerza sobre la misma. Se le enredaron las manos en las crucetas y quedaron fijas sin poder soltarse, mientras la plataforma giró y se le fracturó un brazo. Lo llevaron al hospital de inmediato donde se lo enyesaron.

Uno de nuestros pasatiempos más disfrutados era el de volar chiringas en las épocas de verano y la Semana Santa. Durante estas épocas, los vientos eran más fuertes y las chiringas se remontaban sin hacer mucho esfuerzo para volarlas. Horacio era un experto en la confección de chiringas y toritos (chiringas más grandes). Las chiringas eran confeccionadas con papeles provistos por catálogos, revistas, periódicos y otros. Formábamos el cuadro con tablitas que sacábamos de las pencas de palmas por estas ser más livianas y resistentes. Después de formar el esqueleto con las tiras de las pencas de palma e hilos en los bordes, procedíamos a pegar los papeles con pega casera, la cual preparábamos con harina de pan y con agua. Les poníamos zumbadores en la trompa para que hicieran ruido al contacto con el viento, y un rabo largo de tiras de tela, para el balance, proporcional con el tamaño de la chiringa. 


Sobre el autor

Miguel Ángel Velázquez Vega nació el 12 de diciembre de 1943 en el barrio Destino de la Isla Nena, Vieques, Puerto Rico. Tuvo la oportunidad de correr por los campos de la Isla Nena junto con sus siete hermanos donde pasó su niñez hasta los ocho años. Cursó sus estudios superiores en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Mayagüez, y en 1965 se convirtió en ingeniero civil. A pesar de todos sus logros y éxitos profesionales, Miguel nunca olvidó sus raíces ni el trabajo duro que significa alcanzar sus sueños. Por esta razón, como legado y tributo a su bella Isla Nena, Vieques, en el año 2017 culmina uno de sus más grandes sueños, su libro llamado Vieques Relatos y Vivencias de un Jíbaro. En el mismo narra cómo era la vida en la Isla Nena y cómo su gente fue adaptándose y evolucionando con el tiempo.