Firolita la cebra amarilla Por: Ana Lydia Fontánez-Dávila

Firolita era una cebra a quien le gustaba mucho el color amarillo. Decía que las rayas blancas y negras eran aburridas.

            —¡Me encantan los colores! El más bonito es el amarillo —dijo con entusiasmo, mientras empapaba la brocha en la pintura amarilla para cubrir sus rayas.

            —¡Firolita! ¿Otra vez pintándote? —preguntó su padre Firo, quien tomó el bote de pintura para regresarlo a su lugar.

            —¡Papá, no te lleves la pintura! No he terminado —protestó Firolita.

            —Ya te dije que no puedes jugar con mis pinturas. Las necesito para terminar mi proyecto. Además, tú eres una cebra. Las cebras somos blancas y negras.

             —Pero yo quiero ser amarilla. Las rayas son aburridas. Yo quiero ser como el sol—expresó Firolita.

            —Firolita, estoy pintando un cuadro familiar. Estaremos todos, junto a los abuelos —explicó Firo con entusiasmo, para tratar de animarla.

            —¿Me puedes pintar de amarillo en tu cuadro? —cuestionó ilusionada.

            —Cada cosa tiene su color, y los nuestros son blanco y negro. ¡Fin de la conversación! —Firo se retiró para esconder la sonrisa que le provocó la ocurrencia de su hija.

            Más tarde, Firolita, estaba sentada entre los arbustos con cara de tristeza. De repente, llegó Lita, su mamá.

            —Firolita, ¿qué te tiene tan triste? —preguntó Lita con mucha ternura, al acercarse a ella.

—Es que quiero ser amarilla, pero papá dice que no se puede. Se llevó toda la pintura —respondió Firolita entre sollozos.

            —Cariño, tu papá tiene razón. Las cebras somos blancas y negras, pero cada especie y cada ser vivo es especial sin importar su color, lo que tengan igual o en lo que sean diferentes. Todos somos especiales porque somos únicos.

            Firolita miró a su madre con atención, y su rostro dibujó una linda sonrisa.

—Imagina las cosas a tu alrededor de un mismo color. Sería una locura —continuó Lita. Mira las plantas, su color verde no luce igual entre unas y otras, y las flores tienen distintos colores. El sol tiene un hermoso color amarillo que tanto te gusta, pero no es más importante que la luna. Ambos son especiales. El cielo luce un maravilloso color azul, pero es igual de especial que el mar.

—Pero mamá —interrumpió Lita—, las cebras somos todas iguales. ¿Significa que no somos especiales? —expresó, mientras volvía la mirada de tristeza.

—No somos todas iguales —Lita se rio y chocó levemente con Firolita para que también se riera—. Mira nuestras rayas. ¿Son iguales?

—Sí, blancas y negras—contestó Firolita sin pensarlo.

—No me refiero al color. Mira bien de cerca. Cada raya se ve distinta. Las líneas no siguen el mismo patrón. ¿Lo notas? Las rayas en cada cebra son únicas. No hay rayas repetidas. Somos especiales. Aunque fuesen iguales, lo que nos hace especial es lo que podamos sentir, la forma en que somos con nosotros mismos y con los demás.

Lita continuó mostrándole las rayas en las demás cebras de la familia, mientras Firolita sonreía maravillada. Estaba tan emocionada por lo que había descubierto, que corrió donde su papá a contarle.

—¡Papá, papá, papá! —gritó Firolita, haciendo que Firo casi dañara la pintura familiar que al fin estaba terminada.

—Firolita, me asustaste —rió Firo—. Quiero saber lo que sucede, pero primero quiero mostrarte algo.

—¿Una sorpresa? —Firolita agrandó sus ojos por la emoción, y comenzó a moverse inquieta.  Esperó a ver lo que su papá quería enseñarle.

—Cierra los ojos —pidió Firo, a la vez que giraba el cuadro que había pintado—. No hagas trampa —bromeó.

—¡Papááá…avanza! —sugirió Firolita con desesperación.

—Ya puedes mirar. ¡Tadaaaaa! ¿Te gusta? Te pinté de amarillo como querías —señaló Firo.

Firolita se quedó en silencio por unos segundos.

—Pero papá —dijo en voz baja—, es que las cebras no somos amarillas. Somos blancas y negras. Además, nuestro interior es especial, al igual que todas las especies. Ya no quiero ser amarilla. Quiero ser una cebra blanca y negra —sonrió con orgullo.

—Pero… —Firo permanecía con la boca abierta.

—No te preocupes, papá. Pinta otro cuadro. Te queda mucha pintura.

Firolita se fue dando pequeños saltos de emoción por toda la selva, mientras su papá sorprendido, casi a punto de desmayarse, la miró alejarse llena de felicidad.


Sobre la autora

Ana Lydia Fontánez-Dávila es original de San Juan, nació en el Barrio Caimito y se crio entre Río Piedras y Hato Rey. Es enfermera y educadora de profesión. Se dedica a la enseñanza a nivel universitario. Es amante del arte en todas sus expresiones, por lo que dedica su tiempo libre a escribir narrativa y ensayos, así como a la pintura y al dibujo, aunque su comienzo fue en la poesía. Actualmente escribe un libro de cuentos, como proyecto de grado para concluir la Maestría en Artes en Escritura Creativa.