Julia Por: Beatriz Maite Santiago-Ibarra

Cuando caía la tarde de un 17 de febrero, Paula García, la esposa del criollo don Francisco, trajo al mundo a su primera hija. A medida que iba creciendo todo el barrio de Santa Cruz de Carolina pudo notar que Julia era una chiquilla audaz, traviesa y desconcertante. Aprendió a jugar con los niños del vecindario a las canicas y otros juegos, que luego enseñó a sus seis hermanos menores. Cuando tenía apenas cinco años, acompañaba a su papá a las Fiestas Patronales de los pueblos. Debajo de una carpa su padre adivinaba el futuro usando una bola de cristal.

La niña escogió jugar con animalitos dentro de la casa. Su mamá la regañaba, pues esto asustaba a Consuelo, su hermanita. Otro pasatiempo favorito era comenzar a dibujar con sus lápices de colores. Pintaba el mar que era como un montón de agua. Un día pintó de rojo y blanco la pared de su casa y salió corriendo. En el camino tropezó con el Charco de Pozo Hondo, y se internó feliz en el tibio líquido. Regresó a su casa. No la regañaron como esperaba. Julia pensó que aquel montón de agua en que se bañó había realizado el milagro de lavar la pared. Su tía la lavó antes de que sus padres llegaran a verla.

Francisco sentía un gran amor por su hija Julia. La llevaba siempre con él a pasear por los campos, ella miraba asombrada los flamboyanes alineados, parecían soldados de uniformes rojos que le hacían la guardia al caminante. Una tarde de calor, Julia llevó a Consuelito hasta el montón de agua. Conocieron allí a don Cholo, un botero y pescador, mulato, paciente y cariñoso; este les explicó a las hermanitas que el montón de agua era el Río Grande de Loíza. Julia y Consuelo comenzaron a salir con don Cholo y se entretenían escuchando los cuentos e historias de príncipes y princesas de los manglares. Comenzaron a ausentarse de la escuela. Las maestras visitaron a sus padres, y ellos le prohibieron visitar al Río Grande de Loíza.

Julita era muy astuta y al día siguiente, en vez de reñir con su maestra, le leyó un poema dedicado a ella y al Río Grande de Loíza. Así, a la mañana siguiente la maestra llevó a todos hasta el río. Pasó el tiempo, Julia cumplió siete años. Carolina celebraba sus Fiestas patronales, para entretener a la gente, su familia preparó un magnífico acto de magia: su papá haría aparecer conejos y desparecer naipes, sus hermanos menores sacarían palomas de unos sombreros y las hermanas unirían arcos de acero y pañuelos de colores…frente a la concurrencia. Llegó el día de la verbena, era de noche y el cielo se había vestido de fiesta. Cielo estrellado y luna llena. Cuando a Julia le tocó su turno, levantó sus manitas, y dijo: ´´yo veo la luna reflejarse en mi Río Grande, con ello he aprendido a meter mis manos en la luna¨. El público la aplaudió más que nunca. Desde entonces, a Julia la asociaron con el Río Grande de Loíza y con la luna.

En la escuela, Julia notó que había un niño – que no se alegraba con ningún juego. Se llamaba Miguel. La niña trató todo tipo de distracción y nada. Al siguiente día, le trajo tres globos de colores. El niño los dejó escapar; ya desesperada, se le acercó y le dio un beso en la mejilla y le dijo al oído:

–  ¨ ¿Sabes algo? Yo te quiero mucho¨. El niño le respondió,

–  ¨Ahora sí quiero jugar¨.

Miguel fue su amigo y compañero de siempre. La niña poeta con su cariño 🧡 lo llenó de felicidad.

Julita y Consuelito siempre iban a ver a su amigo don Cholo hasta que una mañana su papá la abrazó y con mucho amor le comunicó que el bueno de don Cholo había muerto. Julita, al enterarse, solamente murmuró con tristeza: ¨Quiero caminar¨. La dejaron ir sola. Camino y lloró, caminó y lloró hasta que llegó a LA POESÍA, la barca de don Cholo que estaba vacía. Dijo: ¨Don Cholo, yo sé que estás aquí conmigo, por eso no tengo miedo y voy a cruzar con tu barca hasta la otra orilla¨. Entonces comenzó a remar hacia el centro del río como le enseñara su amigo. La corriente era fuerte. Las emociones y el llanto por la muerte de su compañero del río la habían rendido. Se quedó dormida. No regresó a la casa. Sus padres, los vecinos, y Miguel salieron a buscarla. A la mañana siguiente y cruzando esforzadamente el río, Miguel divisó una barca entre los manglares de la orilla del montón de agua. Se trepó en la barca y la despertó.

– “¿Cómo cruzaste si el botero no está?”.  

-“Lo hice. No es necesario verlo, lo hice con él¨. – “Don Cholo se encuentra aquí con nosotros, y también Dios¨.

Julia prometió a sus padres no volver a salir sola jamás. Así lo cumplió siempre.

Desde entonces, Julia y el Río Grande de Loíza fueron amigos inseparables.

Julia de Burgos, se le conoció como Julita de Carolina y Julia de América – poeta puertorriqueña de las más grandes en el mundo.

JULIA FUE UNA NIÑA PEQUEÑA COMO TÚ.


Sobre la autora

mujer

Beatriz Mayte Santiago-Ibarra es escritora y crítica de arte. Obtuvo el bachillerato y maestría en Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, la Maestría en Artes y Literatura del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y un Doctorado en Filosofía y Letras de dicho Centro en pacto académico con Universidad de Valladolid, España. Se desempeñó en calidad de Especialista en Asuntos Culturales y Coordinadora Editorial de la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Es miembro del Pen Club de Puerto Rico y de la Asociación de Críticos de Arte, ratificado su nombramiento en París, Francia. Algunos de sus libros son: Siembra para no decir adiós, Versos de anafre a mi abuela, En el silencio de las desgarraduras, Trásfuga de mi existencia, El asesinato de Casandra Ramírez, El último centauro y Cuentos para no atreverse a contar, pero los cuento.