Aquella foto…Por Sylvette Cabrera Nieves

“La madurez no implica el abandono de la infancia”, Anónimo

Cuando niña me gustaba quedarme en la casa de la tía Carmenza. Una casona en el campo con techo de dos aguas que era en un paraíso para mí. Tenía la sensación de perderme en otro mundo. ¡Ay, cómo disfrutaba de los cánticos de los pájaros y de la sinfonía nocturna de los coquíes! Esas ranitas de diminutos cuerpos, ojitos saltones y potente canto con el cual atraen a las hembras para procrearse. Así como las carcajadas de los múcaros cuyo inconfundible sonido no podrás olvidar jamás.

Mi rincón favorito era el amplio balcón y el patio con árboles frutales, que disfrutaba a mi antojo al deambular por los alrededores. Muchas veces con sigilo exploré las alcobas, distribuidas a manera de laberinto, que para mi imaginación no tenía precedente. Los muebles antiguos, los cuadros y adornos eran hermosos. Recuerdo una consola repleta de objetos y retratos de gente desconocida. Supongo fotos de muchos parientes muertos cuyos nombres ignoraba. Una vez en un baúl encontré muñecos del Nacimiento envueltos cuidadosamente en papel de estraza. Disfrutaba el olor a caoba que se desprendía de los roperos abiertos.

Cierta tarde en uno de aquellos armarios, de la habitación de mi tía, encontré en la gaveta del tocador un misal con cubierta nacarada que tenía unas gardenias disecadas, la estampita del Divino Niño Jesús, un mechón de pelo dentro de una bolsita y una foto amarillenta, de una diminuta silueta, en cuyo anverso leía: Paulsen “Te quiero, no te olvidaré”. Entonces demudada guardé el devocionario en su lugar. Sentí mucha vergüenza y el aire pesado. Me costaba respirar. Corrí hasta el patio como si hubiera cometido un grave pecado. Tuve que guardar en mi alma aquel triste suceso, con obcecado mutismo, mientras la luna iba tocando las sombras de los montes y comenzaba la oscuridad nocturna.

Evoco, como ahora, la frialdad que tuvo el campo por la noche. Los olores frutales, los perfumes de las flores y la humedad, todo a lo que me acostumbré cuando me metía a la mullida tibieza de mi cama con el sonido de la lluvia sobre las piedras. Las muchas vacaciones que pasé en ese lugar de ensueño jugando a mis anchas; cuando lo veía todo con ojos desbordados de inocencia.

En el próximo verano, una tarde caminando por el terreno que llevaba hasta los puntos de colindancia con la finca de los Mendoza, me encontré con una lápida y reconocí el curioso nombre. Así las cosas, lo guardé en la memoria sin comentarlo con alguien.

Atesoré de niña los momentos que estuve bajo los dulces mimos de Carmenza la única hermana de mi padre. Ella olía siempre a violetas, gardenias y azucenas. Le gustaba cantar, cocinar y preparar postres como la mejor chef del mundo. Las cosas suelen traernos recuerdos. Nos despiertan momentos olvidados. A pesar de uno y de la edad, las nostalgias, tales como las enfermedades, nos persiguen en la vida. La memoria de la infancia, esas dulces vivencias, se atesoran eternamente pues se anidan en el fondo del alma con enorme ternura. En momentos de nostalgia o de mayor vulnerabilidad siempre afloran como una cobija espiritual.

La tía Carmenza tuvo un agudo sentido del humor, sin embargo, algo se lo cambió con los años. ¿Acaso a raíz de aquella foto? Ciertamente, no me corresponde a mí dar cuenta del pasado de nadie.

Con el pasar de los años y la madurez, comprendí bien el significado de aquella foto. El destino puso en mis manos, en esa tarde, una verdad oculta. La descubrí por serendipia, por mi bendita curiosidad de gato.  La querida tía Carmenza tuvo un hijo. A veces me pregunto, ¿quién fue el padre del bebé?, ¿cuál fue la causa de su fallecimiento? Como todo ocurrió hace tanto tiempo, es posible que, si alguien advino en conocimiento del suceso, prefirió callar aquel secreto familiar. Y les aseguro que la familia jamás lo sabrá, al menos no de mis labios, y mucho menos la ubicación de la pequeña tumba.


Sobre la autora

Sylvette Cabrera Nieves nació en San Juan, Puerto Rico (1958). Es Psicóloga Escolar jubilada, poeta y narradora. Miembro del Pen Club Internacional de P.R., Colaboradora/Lectora en Azogues Espejos (México) y Ágora Papeles de Arte Gramático (España). Sus obras aparecen en antologías de Hispanoamérica, España y Puerto Rico. Mención de Honor en el Certamen de Cuentos: “Mi vida en el Barrio”. (Argentina, 2022) y Finalista en Certamen de Epitafios (España, 2022). Palabreadores (Puerto Rico, 2023) Cuento del mes agosto: Herencia de Fuego (Vol. 3, 31, 2023) y Vuelta de Hoja (septiembre Vol. 3 (32), 2023). Libros inéditos: Hilo y (Des)hilo Sombras (poemario) y Mira que te cuento…(relatos).