Lolo – un pececito diferente y La Navidad de mi niñez Por: Ibis Rodríguez

Lolo-un pececito diferente

En las tranquilas y profundas aguas del océano Atlántico, vivía Lolo, un pececito travieso y vivaracho, a quien le gustaba explorar las diversas zonas del inmenso mar. Cada día nadaba en busca de aventuras y de nuevos amigos con quien jugar. Por ser el pez más pequeño de su banco, apenas tenía con quien hacer travesuras. Sus padres le tenían prohibido salir a las aguas de la superficie, y dejarse ver por los habitantes de esa zona. Además, pensaban que como Lolo era un pececito diferente, querían protegerlo de los demás. Lolo tenía un solo ojo desde que nació.

Un día el pececito nadó muy cerca de las aguas de la superficie y se encontró con otro pez, el cual era pequeño como él. Cuando vio a Lolo, nadó de prisa y se escondió entre los corales del arrecife. Lolo se acercó y le preguntó:

-¿Quién eres? ¿De dónde vienes? No me temas, me llamo Lolo.

Rayadito salió poco a poco de entre los corales, observó a Lolo y respondió:

-Soy Rayadito, y habito cerca de aquí. Nunca había visto a un pez como tú. ¿De dónde vienes?

Lolo contestó:

-Vivo en aguas profundas, pero hoy salí a nadar un poco más lejos de donde habito. Tampoco había visto a otro igual a ti. ¿Quieres jugar conmigo?

-No sé. Mis amigos deben estar cerca, buscándome. ¡Aquí vienen! – respondió Rayadito.

Un pequeño grupo de pececitos y diminutos habitantes del mar se acercaron a Lolo y a Rayadito. Miraban a Lolo sorprendidos y con curiosidad porque nunca habían visto a un pez con un solo ojo. Rayadito los recibió alegremente y quiso que se conocieran:

-Lolo, te presento a mis amigos: Ito- pulpito; Uga-la tortuga; Goby- el pez colorido; Bangy- el pez loro; por último, Jip- el caballito de mar. Amigos, les presento a Lolo.

Todos se miraron y empezaron a hablar a la vez. Únicamente se escuchaban las voces entremezcladas con sorpresa y curiosidad, apenas se podía entender lo que decían.

-¡Silencio! – exclamó Rayadito- No pueden hablar todos a la vez, así no podemos entendernos y menos comunicarnos. A ver, comencemos con Ito, preséntate.

-Hola, Lolo. Soy Ito, vivo cerca de aquí y vengo a jugar con mis amigos todos los días. Como ves soy un pulpo, familia de los moluscos. Me encanta contar con amigos de diversos tipos y disfruto mucho con lo que aprendo de cada uno de ellos.

-Lolo, soy Uga, una tortuga marina. Soy un reptil. Aunque nací en la arena, vivo en el mar. Recorro grandes distancias y les cuento mis aventuras a mis amigos. ¡Nunca había visto un pez como tú!

-Yo me llamo Goby, y soy un pez muy colorido que adora el trópico. Me gusta jugar al esconder entre los corales. ¡Quiero conocerte y que seamos amigos!

-Yo soy Bangy, el pez loro. Me distingo de los demás peces porque mi boca es como un pico, y al igual que todos aquí ¡me encanta la aventura!

-Aquí Jip, el caballito de mar. Al igual que tú, soy también un pez diferente. No tengo escamas, sino anillos óseos. Nado en forma recta con la ayuda de mi aleta dorsal. ¡Espero que seamos amigos!

-Ahora tú, Lolo. Háblanos de ti – dijo Rayadito.

-Soy, al igual que ustedes, un habitante marino. La diferencia de es que vivo en aguas profundas y con débil claridad. Son aguas más frías, un poco aburridas y silenciosas. Por eso, de vez en cuando salgo un poco más a la superficie en busca de aventuras y de nuevos amigos.

Luego de conocerse, se pusieron todos a jugar entre rocas, corales y algas. Lolo no se había dado cuenta de que llevaba bastante tiempo lejos de sus padres, ¡estaba en un mar de diversiones!

Sus padres, preocupados, fueron a buscarlo. Nadaron por diversas zonas de la profundidad, pero no encontraron a Lolo. Decidieron subir hacia la superficie. Por el camino se encontraron con el grupo de amigos en pleno juego. Llamaron a Lolo, y este respondió:

-Estoy aquí, estoy aquí- mientras salía de entre las algas- ¡Mamá, Papá! ¡Encontré nuevos amigos!

-Lolo, estábamos muy preocupados, no podíamos encontrarte- le dijo su Mamá.

-Hijo, te dijimos que no debías nadar lejos de nosotros. No queremos que te suceda nada peligroso. Lejos no podemos protegerte ni ayudarte – añadió Papá.

-Mamá, Papá, les presento a mis nuevos amigos. Cada uno es diferente, ¡al igual que yo! Jugamos, reímos y disfrutamos juntos nuestra amistad. Nos aceptamos dentro de nuestra diversidad, y respetamos lo que a cada uno le hace diferente. Compartimos y aprendemos de las aventuras que vivimos.  ¡Me he divertido de maravilla! ¿Puedo volver mañana?

Papá y Mamá se miraron. Lolo había encontrado nuevos amigos que lo aceptaban, aunque era diferente. Ambos accedieron a darle permiso a Lolo para que regresara cada día a jugar con sus nuevos amigos. Su hijo demostraba que su diferencia no era obstáculo alguno para su convivencia con los demás. Su diferencia lo hacía único y diverso, ¡sin igual!

La Navidad de mi niñez

En días recientes, me visitó el hermano que la vida me otorgó y con quien comparto la responsabilidad de educar en valores a mi ahijado. Mi compadre compartió en ese momento el diálogo que tuvo con su hijo la noche anterior a la visita. Estaba iniciándose la época navideña y con ello la planificación de los días festivos que la integran. Mi ahijado le comentó que ya sabía que Santa Claus no existía. El chico confesó que lo sabía desde que tenía siete años, pero que había fingido no saberlo hasta esta Navidad. Añadió que le habían mentido por mucho tiempo, y que ya no quería que le mintieran más. Imaginen la reacción de desconcierto y turbación para mis compadres. Tuvieron que sentarse a conversar sobre el tema y reenfocar el verdadero significado de la época, la celebración del nacimiento de Jesús. Con ese diálogo cerraban una etapa que vivimos en nuestra niñez y que de alguna manera comunica el fin de la inocencia creada en torno a una tradición y señala el comienzo de otra etapa de nuestro crecimiento.

Cada año se presenta la época festiva y cada 24 de diciembre me es imposible evitar el recuerdo de las fiestas navideñas en mi niñez. Siempre comenzaban después de Acción de Gracias. y Desde el 1 de diciembre nos dábamos a la tarea de decorar la casa, además de empezar a elegir qué deseábamos de regalo ese año. A través de los anuncios en televisión o por la información que compartíamos en la escuela, conocíamos los juguetes de moda. De los cuatro hermanos, siempre el menor pedía el juguete que se agotaba rápidamente y había que salir a buscarlo en donde estuviera por toda la isla; eso era parte de la responsabilidad de los hermanos mayores. La única responsabilidad del menor era antojarse del juguete casi imposible de conseguir, y de eso tenemos muchas anécdotas para compartir en otro escrito. Nunca tuvimos Navidad sin regalos, por el contrario, los recibíamos de parte de todos en la familia y hasta de los vecinos, esa familia extendida que se adopta por convivencia y por elección.

La única Navidad que se empañó de tristeza durante mi niñez fue el año en que murió Roberto Clemente, el 31 de diciembre de 1974. La noticia nos llegó a través de la radio. Íbamos camino a Patillas, el pueblo de mi familia paterna y que era visita obligada durante esa época. Nos detuvimos en el camino, mi papá no podía creerlo. Recuerdo que se puso muy triste y comentó que tenía ganas de regresar a la casa. La noticia de la muerte de Clemente fue muy difícil de aceptar para él y para todo el país. Luego de un rato, decidió seguir hacia su pueblo. Mi papá era de un hogar muy humilde y progresó gracias a su dedicación y trabajo. Nunca olvidó su pueblo, Patillas, y siempre que tenía la oportunidad, atravesaba la cordillera y pasaba días allá.

En la Navidad, mi casa era un almacén de juguetes para los ahijados de mi padre, para los niños pobres de su barrio y para todo aquel que por una u otra razón no podía recibir en su casa algún obsequio. Nunca ninguno de nosotros se antojó de alguno de esos regalos. Ya sabíamos que tenían dueño. Nuestra sala se llenaba de muñecas, carritos, juegos de mesa, etc., y entre mis padres les asignaban el nombre del futuro dueño. Siempre guardo en mi memoria esa estampa año tras año: papi nombraba y seleccionaba el juguete; mami, imprimía el nombre con su hermosa escritura. Ese ritual duró años, hasta que esos niños se convirtieron en adultos.

Llegábamos el día de Navidad a Patillas y desde la entrada del pueblo nos deteníamos, saludábamos y confabulábamos las múltiples celebraciones en las que estaríamos presentes ese día. Al llegar a la casa, era todo saludos, risas y gritos. A la misma se iban acercando todos los que se enteraban de que Tommy (el padrino, el tío Tommy, el compadre) había llegado con su familia. Si alguno no aparecía, papi lo mandaba a buscar. Tenía una memoria colosal para los nombres.

Llegábamos en la mañana, y en ocasiones encontrábamos a veces a mis tíos y primos apenas levantándose. Comenzábamos entonces a descargar los regalos, la comida y todo lo que acompañaba nuestra visita a Patillas. Al rato empezaba entonces el desfile de gente que pasaba a saludarnos y a compartir con nosotros. Si por casualidad a papi se le había olvidado un regalo para alguno de sus ahijados o aparecía un niño no esperado, se metía la mano al bolsillo y lo solucionaba con un billetito. Nadie se iba con las manos vacías. Al final del día, regresábamos cansados, pero felices de haber visto al familión y haber tenido la oportunidad de llevar un poco de alegría a otros.

Ese recuerdo me llena de mucho orgullo, pues era una lección de valores que mi papá nos estaba dando. Compartir con aquellos que tenían menos o casi nada, dar sin recibir, nunca olvidar de dónde venimos. En eso radica la celebración del Nacimiento: alegrar el corazón de quien lo necesita, no solo con un regalo, sino también con el amor que Jesús nos enseña a compartir.


Sobre la autora

La doctora Ibis Rodríguez Carro es profesora universitaria en Puerto Rico y en Estados Unidos. Promueve el estudio de las letras y de la cultura puertorriqueña a través de sus conferencias y de sus presentaciones. Su blog letrasagitanadas.com recoge sus escritos y sus vivencias con el fin de entretener, compartir y educar.