EL BARRO: EL ACORDE MÁS CLARO

El barro. Sylvia T. Domenech. San Juan: Luscinia, 2023

Por: Ivette López Jiménez

Este poemario, de 2023, trae consigo una larga trayectoria de su autora, Sylvia Domenech, de cercanía con el barro. Ya desde el 2002 la autora ofrecía un conjunto de talleres sobre el barro, producto de su participación en el taller de cerámica de Toni Hambleton, entonces ubicado en el barrio Beatriz en Cayey. Recuerdo cuando Sylvia trabajaba una serie de libros en barro, fruto de su amor por la literatura y la alfarería, que más tarde continuaría explorando. El libro es una de las instancias de esa indagación, que se entrecruza con las esculturas y dialoga con ellas.  Los versos que sirven de epílogo proponen ese mano a mano entre los dos elementos centrales: “Pausa la letra /en el barro / y respira”. Tanto la palabra como esa masa elemental de materias que nos rodea (tierra, agua), respiran: es lo que intentan captar sus poemas. Una serie de esculturas están atadas al conjunto de los treinta y seis poemas, piezas que se trenzan con ellos; la portada muestra una de las esculturas. En algunas, sobre todo en los libros en barro, la letra queda incrustada en la masa de arcilla, se moldea junto a tierra y agua, evidenciando así la cercanía querenciosa, la identidad, la inhalación y exhalación del proceso.

Atravesando esa materialidad, la letra en el barro, es “aire confeso”, sin olvidar su atadura al sonido, a los acordes, tal vez eso que Roland Barthes llamó el susurro del lenguaje: “Este barro me pertenece. /Se multiplica en mi vientre / y en la espina dorsal del lenguaje”, lee el poema VIII (p. 16). El título original del conjunto fue “El barro que amamanto”, según palabras de la autora, luego acortado a El barro.  “Somos de la tierra, usamos la tierra y regresamos a la tierra”, expuso Toni Hambleton en conversación con una periodista (Mariela Fullana Acosta), aludiendo a esa cercanía que nos une al barro.

 El barro es entonces “elemental silbido”, la respiración que ata a la vida: “el libro en la mano /rostro y poema /barro infante /elemental silbido / en mi oído /este verso que escribo”, lee el poema XI (p. 19). No es casualidad, en el contexto, que una de las piezas sea una oreja y que la referencia a esa materialidad del lenguaje transite en los poemas, en tanto también “el barro habla quedo” (p. 20), tiene su anatomía en la voz como propone el poema XIII (p. 21): “anatomía del barro /en la voz”. El amasijo entre barro y letra va desarrollándose en el libro, ampliándose a partir del segundo poema, trenzándose con el ciclo de la vida. La escritura va del orden al caos, rehaciéndose, buscando el acorde claro que entable una armonía, si bien ese acorde puede ser disonante, siempre en riesgo de quebrarse, como la alfarería. En torno al barro se conjuga un enjambre de significados, símbolos, sugerencias. Ligado al centro mismo de la vida (tierra, agua), se imanta a la renovación, a la reencarnación, ya que se puede reciclar infinitamente en su estado crudo: “Yo soy el barro que nace muchas veces”, lee a modo de conclusión el verso final del poema XXXIV. “Barro soy” es el título de una exposición colectiva que celebraba los ochenta y cinco años de la ceramista Toni Hambleton.

En Occidente los primeros artefactos cerámicos aparecen en el neolítico y eran sobre todo herramientas para cocinar. En Mesopotamia la cerámica floreció como industria. La introducción del torno alfarero, que se considera la primera máquina, revolucionó la producción cerámica y con la cerámica llegarían las tabletas de barro, en las que en la arcilla blanda se hacían marcas con un estilete, marcas que representaban pictogramas y más adelante fonogramas. Así se dio paso a la comunicación escrita. En esas tablas, principalmente de arcilla fresca, tibias aún del aire con el que alguna boca las pronunció, quedaron las letras resguardadas, para que a las palabras no se las lleve el viento.  La relación entre barro y escritura encarna en la historia, en los avatares del lenguaje. Los símbolos religiosos o alusivos a nuestro origen recogieron y desarrollaron esa centralidad del barro en nuestro devenir común.  En la mitología griega Prometeo creó a la humanidad a partir de arcilla. En la tradición del cristianismo se menciona en muchos textos nuestro devenir polvo (o tierra); en el libro del Génesis la creación misma queda atada a la tierra resumida en “polvo eres y en polvo te convertirás”. Job, propenso a la queja, reclamó: “Recuerda que tú me hiciste del barro, ¿vas ahora a devolverme al polvo?”. Es de esperar entonces las innumerables referencias al barro, sobre todo ligado al cuerpo, que se observan en la literatura. 

 Dudo se haya expuesto de modo tan contundente, con tanta precisión, la estrecha relación que tenemos con el barro, con la tierra, como en un verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro, aunque Miguel me llame”, de El rayo que no cesa. Ya lo vería también en el último poema del libro, en la “Elegía a Ramón Sijé”, en la que el sujeto quiere ser hortelano “de la tierra que ocupas y estercolas”, o en el verso “temprano estás rodando por el suelo”. Pocos poetas han fraguado en su poesía esa intimidad intensa con la tierra y los elementos de la naturaleza que transitan en la poesía de Hernández, el ensamblaje continuo de tierra, polvo y elementos afines, la conciencia de “mis terrestres manos” (Poema XXV). Igual contundencia se lee en su elegía a Federico García Lorca, de Viento del pueblo: “Federico García / hasta ayer se llamó: polvo se llama.” (“Elegía primera”, p. 323). Me pregunté si quizás Miguel Hernández pensaría en su propia vida, cuya vuelta ineludible a la tierra vendría más pronto que tarde, a los treinta y dos años, en el tercer año de su encierro carcelario en Alicante, pulmonía, tuberculosis y negligencia cortesía de la prisión. En un poema remitió a esa certeza de la partida: “y cierta y sin tal vez, la tierra umbría /desde la eternidad está dispuesta /a recibir mi adiós definitivo”. 

Más cerca de nuestro entorno, en la segunda mitad del pasado siglo, el chileno Enrique Lihn reflexiona en el poema “Barro”, del libro La pieza oscura (1963) sobre lo propio del elemento, que en el poema llama “materia original”: “Los días del agua están contados, pero no así los del barro /que sustituye al agua cuando ciegan el pozo” o en otro verso: “tierra y agua. Luego el barro que en el principio era”. En la “Elegía a Gabriela Mistral”, del mismo libro, se presenta “la tierra apoderada del cuerpo de Gabriela”, cuyo cuerpo “solo es ahora que se encarna en la tierra”. La propia Gabriela Mistral tiene en su obra referencias al barro o a la arcilla. En su “Elogio de la isla de Puerto Rico”, en el que elabora sobre once cosas de la isla que quiere recordar siempre, la tierra tiene el primer lugar en su memoria: “La tierra de Puerto Rico se dice en primer lugar, ya que es la mesa en que voy a acomodar a las demás para lucirlas. La tierra es más blanda que en parte alguna y no ha hecho sino intentona de montaña en la Sierra única. El resto del territorio es una arcilla menos que arcilla, tan suave por servicial …” (p. 113). Al celebrarse los setenta años de la otorgación del premio Nobel a Gabriela Mistral, el Museo de Arte Popular Americano, ubicado en el Centro Gabriela Mistral (Santiago de Chile) organizó una exposición en su honor en 2015 a la que dio el título “Motivos del barro”, reconociendo así la entrañable relación de Mistral con su tierra. Se exhibían más de doscientos objetos que tenían el barro como componente básico en su creación: vasijas, vasos, copas, jarros provenientes de diversos países latinoamericanos. Los objetos se exhibirían sin policromar, para destacar el barro como materia constitutiva.  

El arco de alumbramiento y fin es el que trazan los poemas de El barro, letra y barro fundiéndose. El primer poema y el final marcan las pautas del ciclo, abren y cierran el recuento del proceso. En el inicio “el vientre aferra /desata el ombligo” (p. 9) y asistimos al “acto ancestral de la tierra”, en el que está presente “una letra fugaz y pequeña”. Esa letra, así como la ambigüedad, queda inscrita desde el comienzo: “Soy y no soy, /el barro que nace”.  El poema que cierra el libro (XXXVI) inscribe ese momento del péndulo “del justo día oscuro», en el que el barro (y el cuerpo) vuelven a su origen y el barro “deletrea” el caos, lo que se deja y queda atrás. El deletreo del barro lo encontramos en los poemas que ocupan el espacio entre el surgimiento y la quietud final, en el que hay un continuo cuchicheo con el barro, una simbiosis de barro, escritura y cuerpo; así se lee en el poema V: “el verso discreto /el verso del cuerpo, /anda y desanda /en el barro /la exacta silueta”. La tierra va dejando sus huellas, en las que va creciendo “la tenue palabra”. “elemental memoria” en la que se funden verbo y barro. El alumbramiento del barro se equipará con el parto en el poema VI: “Mis pies alumbran /un parto profundo /de otra geografía”. La tríada que transita todo el libro, barro /cuerpo /lenguaje, muestra esa unión en el poema VIII, en el barro que se multiplica en el vientre y, simultáneamente, “en la espina dorsal del lenguaje”, así como en el XI: “el libro en la mano /rostro y poema, /barro infante /elemental silbido, en mi oído/este verso que escribo”. El sonido, intrínseco al lenguaje, retorna en el poema que sigue (XII), a partir del cual se incrementa la simbiosis con el cuerpo: “El barro /habla quedo /y me mira”, recorriendo “el deseo /el regreso, /la historia, /el papel, /férreo en mi cuerpo.” 

     Esa relación con el barro se propone como recíproca ya en el poema XV, que se inicia presentando el libro de barro sobre la mesa y concluye con el apóstrofe “léeme barro, léeme un cuento”. En el barro anidan las letras, “vocales a tientas” y la entraña del barro “descubre el acento del texto” (XVII). Los poemas van desnudando una historia de barro, sonidos, letras, configurando así su centralidad en la historia: “El barro /intuía sus huesos / soñaba /el pan de la historia, /el arañazo en la página”, leemos en el poema XXII. Queda también el propio ser trenzado al barro: “Soy horas humanas /presente /y pasado inmediato /del barro hago el tiempo” (XXIII). El paso del tiempo consigna al barro como aliado, parte del devenir, materia en la que se inscribe el tiempo de la voz poética: “los edificios urbanos /descubren su tiempo /al desnudo /y el mío /en la huella del barro” (XXV). Así se llega a la conclusión de que habitamos “la historia enamorada /y siniestra /de las letras” (XXXI). En los poemas finales el texto se encamina al cierre del ciclo: el barro escribe y da las letras: “el barro pensativo /me mira en silencio /escribe. /Yo soy el barro que nace muchas veces” (XXXIV), lee el penúltimo poema, concluyendo el acorde iniciado en el primer poema: “Soy y no soy, /el barro que nace.” 

     Susan Staubach en Clay. The History and Evolution of Humankind’s Relationship with Earth’s Most Primal Element, traza la importancia del barro en el desarrollo de la civilización: su abundancia, flexibilidad y durabilidad una vez se somete al fuego le otorgan un lugar fundamental en el surgimiento y desarrollo de la civilización (Staubach xii). Una lista abreviada incluiría, entre otros: hornos de barro y vasijas que posibilitaron el desarrollo de la cocina, ampliando las opciones de cocinar, guardar y transportar los alimentos; platos y vasos; tabletas para desarrollar la escritura; bloques de barro para construir casas y ciudades o murallas milenarias; tuberías sanitarias, baños y bañeras, urnas funerarias. El horno para cocer el barro y el torno, ligados al uso del barro, son dos de los inventos esenciales en la historia (Staubach 63), en tanto posibilitaron otros inventos que han transformado nuestras vidas. El poemario El barro recoge metafóricamente esa centralidad del barro en nuestro devenir, ofreciéndonos una instancia de reflexión sobre ese arco que va de la vida al retorno al polvo:

dormirá entonces el barro que me sueña
en las minas de la tierra,
habrá dictado mi cuerpo
el silencio oculto en el poema,
los versos a ciegas
y el caos
que el barro deletrea.

Bibliografía

Fullana Acosta, M. ( 2023). “Toni Hambleton una artista que sueña en barro”, https://www.revistaplásticapr.org/post/toni-hambletona-una-artista-que-sueña-en-barro

Hernández, M. (1982). Poesías completas. Madrid: Alianza Editorial.

Lihn, E. (1963). La pieza oscura (1955-1962). Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

Mistral, G. (2008). “Elogio de la isla de Puerto Rico”, Gabriela Mistral en Puerto Rico, ed. Luis de Arrigoitia y Edith Faría Cancel. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.

Rodríguez, J. (2019). “Barro soy. en honor a Toni Hambleton”. El Vocero de Puerto Rico, 5 de noviembre de 2019, https://www.elvocero.com/escenario/barro-soy-en-honor-a-toni-hambleton.

Staubach, S. (2005). Clay. The History and Evolution of Humankind’s Relationship with Earth’s Most Primal Element. New York: Penguin Group USA.


Sobre la autora

Ivette López Jiménez hizo un bachillerato en la Universidad de Puerto Rico (UPR)-Mayagüez y una maestría, en la UPR-Río Piedras. Tiene un doctorado de la Universidad de Yale donde presentó una tesis sobre Poetas y narradoras puertorriqueñas del 70. Es profesora retirada de la Universidad de Puerto Rico.  Ha publicado artículos en revistas y libros sobre poetas como Julia de Burgos, Delmira Agustini, Ángela María Dávila y Francisco Matos Paoli, entre otros; y sobre las narradoras: Ana Lydia Vega, Magali García Ramis, Marta Aponte y Rosario Ferré.  La Fundación Puertorriqueña para las Humanidades publicó su libro Julia de Burgosla canción y el silencio (2002). Escribió el prólogo para la segunda edición de la Obra poética de Julia de Burgos, del Instituto de Cultura Puertorriqueña (2004); un estudio crítico para la edición de la Obra poética de Julia de Burgos publicada por La discreta (2008); así como un estudio crítico para la edición de La querencia, de Angela María Dávila (ICPR, 2006).