Por Migna Ortiz Villalobos
¡Ah, desgraciado, si el dolor te abate,
si el cansancio tus miembros entumece!
Haz como el árbol seco: reverdece
y como el germen enterrado: late.
Del poema “En la brecha”-José de Diego
El fracaso, ese visitante inesperado que toca a la puerta de la vida sin pedir permiso, aparece como una sombra que oscurece nuestros pasos. A veces llega silencioso, como una brisa fría que cala los huesos; otras veces irrumpe con estruendo, derribando lo que creíamos firme. Sin embargo, aunque su presencia nos incomode, el fracaso nunca es un retrato de quiénes somos, sino apenas un instante congelado dentro de una historia mucho más amplia. Es como una fotografía borrosa dentro de un álbum lleno de imágenes luminosas: no define nuestro transitar por la vida, solo documenta un momento. Fallar no convierte a nadie en menos capaz ni menos digno. Fallamos porque somos humanos, porque avanzamos por caminos en los que a veces la luz es tenue, porque aprendemos dando pasos que no siempre encuentran suelo firme. A veces la prisa nos arrastra, como un río desbordado que nos empuja a decidir sin pensar; otras veces ignoramos consejos que representaban faros en la oscuridad. También fallamos cuando no medimos riesgos, cuando cambiamos de rumbo sin brújula, o cuando el miedo se instala en el pecho como un nudo que no se desata. Pero ninguna de estas razones señala un fracaso definitivo. Solo muestran que aún estamos en proceso de crecimiento, de pulirnos, de descubrirnos.
El fracaso deja huellas, sí, como la tristeza que llega con el peso húmedo de una llovizna persistente o como el desánimo que se posa como un ave cansada en los hombros. Pero en ocasiones también aparece como una frustración que arde como brasas que no terminan de apagarse. Cada emoción es un testimonio vivo de nuestras expectativas, una prueba de que lo que intentamos tenía significado para nosotros. Y aunque estas emociones parezcan, en el momento, un vendaval que lo desordena todo, también son el preludio de nuevos aprendizajes. Después de la tormenta, suele aparecer un espacio silencioso en el que la creatividad despierta. Es entonces cuando las ideas nuevas germinan, como semillas escondidas que solo brotan tras un aguacero. Surgen como oportunidades que antes no veíamos y, de pronto, comenzamos a comprendernos a nosotros con mayor profundidad.
Con el tiempo, las caídas moldean nuestra madurez. La confianza auténtica no nace de caminar sin tropiezos, sino de descubrir que incluso con heridas podemos avanzar. Cada vez que fallamos y continuamos, el corazón aprende a latir con mayor fortaleza. Nos volvemos más resistentes, como esos árboles que, después de una tormenta, echan raíces más profundas para sostenerse mejor. Por eso cuando caemos no nos podemos rendir, debemos aprender a perseverar, es una de las claves más decisivas para alcanzar cualquier meta en la vida. La perseverancia es un faro que se enciende en la noche más oscura, una llama que no se apaga aunque el viento intente soplarla. No consiste en repetir sin pensar, es mantener vivo el compromiso con aquello que anhelamos, incluso cuando el camino parece haberse terminado. En un mundo que aplaude los resultados inmediatos, perseverar casi se convierte en un acto de rebeldía. La perseverancia consiste en creer que los procesos lentos también producen frutos. Es aprender a ser sembrador y no espectador. Y como todo buen sembrador, aprender a confiar en el tiempo, en los días de lluvia, en los días de sequía, y en aquellos en los que nada parece ocurrir. La perseverancia es esa voz interna que nos susurra: “Sigue. Avanza. Aún no has visto lo mejor de ti”.

Y si en medio del fracaso el miedo toma control de ti, de igual forma levántate, persiste, camina, no te detengas. El miedo es un ladrón silencioso, no puedes permitir que robe tu libertad de triunfar. El miedo camina de puntillas por los pasillos de la mente, apagando luces, cerrando puertas, encadenando ideas antes de que puedan nacer en palabras o acciones; solo tú tienes el poder de detenerlo. El miedo nos susurra mentiras convincentes: “No puedes”, “¿Y si fallas?”, “¿Y si te juzgan?” El miedo exagera sombras y fabrica monstruos donde solo hay dudas. Y cuando lo dejamos gobernar, nuestras ideas quedan atrapadas, como pájaros que olvidan cómo volar dentro de una jaula abierta. Por eso es importante reconocer y enfrentar el miedo con fe, esperanza y optimismo; porque si no lo hacemos, no solo perdemos la oportunidad de alcanzar algo, sino también la oportunidad de conocernos a nosotros mismos y ver hasta donde somos capaces de llegar.
Entonces, queda claro que solo una verdad resplandece como un relámpago que ilumina la noche, aquel que triunfa en la vida es el que se levanta tantas veces sea necesario hacerlo. Es aquel que no abandona lo iniciado, tampoco se rinde o no intenta lo que quiere por miedo a equivocarse. Es el que entiende que el fracaso se supera erguido, perseverante con la frente en alto. El fracaso es la derrota silenciosa que a más personas ha dejados tirados en el camino: niños y jóvenes, adultos y viejos. Las oportunidades no se pierden solo por falta de capacidad, sino por falta de valentía. Las ideas que no intentamos se convierten en esos fantasmas que nos acompañan, recordándonos el resto de nuestra vida lo que pudimos haber sido. Por eso es importante levantarse. Levantarse es un acto profundamente humano, casi sagrado. No se trata de fingir que no duele, ni de ignorar la caída, sino de entenderla. Cada vez que nos ponemos de pie, aunque sea con las rodillas temblando, le decimos al mundo y a nosotros mismos que aún no hemos terminado. Levantarse es reclamar nuestra historia, reconstruirla, reescribirla. Es afirmar que somos más grandes que nuestras caídas, que hay en nosotros una fuerza quieta pero indestructible que insiste en continuar. Y es en ese acto, repetido tantas veces como sea necesario, donde descubrimos nuestro verdadero valor. La vida no premia a quienes nunca tropiezan, sino a quienes, incluso con polvo en las manos, se levantan una y otra vez y abrazan el triunfo.
Sobre la autora

La profesora Migna Ortiz Villalobos es graduada de la Universidad de Puerto Rico. Tiene una trayectoria laboral de más de 39 años de servicio en el sistema de educación público y privado del país. En el año 1996, obtuvo un grado de Maestría como especialista en Currículo en la Enseñanza del Español. Años más tarde, en el 2006, logra un grado doctoral en Orientación y Consejería. Y en el 2014 culmina un Certificado Posdoctoral en Lingüística Aplicada al Español, de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Desde el 2014 se ha mantenido impartiendo cursos de Español en distintas universidades del país. Su amor y pasión por el vernáculo la ha llevado a trabajar ininterrumpidamente a favor de los ciudadanos que deciden instruirse y formarse como profesionales capacitados para laborar en y fuera del país, poniendo siempre en alto el habla y la escritura correcta del Español. Actualmente labora como profesora de Español en la Universidad Ana G. Méndez y en la Universidad del Sagrado Corazón.
