JANETTE BECERRA: UNA BÚSQUEDA DE ENCUENTRO CON EL OTRO

Por: Consuelo Martínez Justiniano

Cuando este poema me escogió,
ya yo llevaba el revólver en la mano. […]
Y desde entonces me acompaña a todas partes,
como un disparo.

Del poema «Ojos de perro»

La pluma de Janette Becerra puede ser como un revólver empuñado y sus palabras, como disparos. Así se funden la pluma y el revólver en la mano de una escritora que detona palabras por balas. Porque “un disparo es un grito de desesperación de un mundo que no encuentra otro lenguaje” (cita anónima) y las palabras se multiplican y se potencian con tanto alcance y autoridad que son capaces de amar y odiar, de sanar o de matar.

Janette que también es crítica literaria, abogada y excatedrática de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico en Cayey, incursionó en el mundo literario en el 2001 con su poemario Elusiones. Y en el 2011 publicó su primer libro de cuentos Doce versiones de soledad. Un año después este mismo libro recibió el Premio Nacional de Cuento del PEN Club de Puerto Rico y el segundo premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. De modo que, entre el verso y la prosa, la pluma y el revólver esta escritora ha destacado entre sus lectores y ha recibido premios y reconocimientos locales e internacionales. Su obra poética, narrativa y crítica se ha publicado, además, en numerosas antologías y revistas académicas.

Hoy la revista literaria Le.Tra.S. tiene el honor de tenerla como escritora invitada de esta edición por lo que compartimos esta entrevista con todos nuestros lectores.

Pregunta:

Comenzaste tu carrera literaria entre la poesía y el cuento. Pero más tarde incursionaste en una narrativa más extensa con las novelas juveniles Antrópolis y Pangea. ¿Qué te motivó a escribir para lectores más jóvenes? ¿Cómo surgen tus ideas para estas historias?

Respuesta:

No es secreto que la dotación económica del Premio El Barco de Vapor de Literatura Infantil y Juvenil de Ediciones SM es de las más generosas en Puerto Rico, y tampoco negaré que eso influyó mucho en mi decisión inicial de aventurarme a escribir una novela juvenil como Antrópolis, para concursar. Pero luego de ganar el premio, fue tan grande la satisfacción que derivé de visitar decenas de escuelas y palpar el entusiasmo de los chicos con la lectura, que me enamoré de escribir para niños y adolescentes. Es por eso que, desde entonces, he publicado muchos cuentos y poemas infantiles en libros de texto escolares, y también me lancé con una segunda novela juvenil, Pangea. Pienso que sembrar el amor por la literatura en los jovencitos es una de las labores más nobles que puede llevar a cabo un escritor, porque deja raíces que se ramificarán por generaciones. Derivo ideas de mi experiencia como madre que inventó muchas historias para entretener a mis hijos, y de mis propias memorias de niña lectora, porque con los libros de la infancia fui muy feliz.

Fue en el 2013 que ganó el certamen de narrativa juvenil con la novela Antrópolis. Y en el 2025 recibió el Premio Nacional Instituto de Cultura en la categoría de literatura infantil por su novela Pangea. También es autora del poemario La casa que soy (2014) y de los libros de cuentos Ciencia imperfecta (2014) y Cerrar la puerta tras de ti (2019). Ha ganado dos premios internacionales de narrativa breve en España (Fundación Gaceta de Salamanca 2009 y Encarna León de Melilla 2010), y el Certamen de Cuentos del periódico El Nuevo Día 2011. En el 2013 recibió el Premio Internacional de Cuento del Instituto de Cultura Puertorriqueña por Ciencia imperfecta y fue reconocida con el Premio Nuevas Voces del Festival de la Palabra de Puerto Rico. Evidentemente nos alegran sus triunfos y reconocimientos, pero nos entusiasma más seguir conversando con ella.

Pregunta:

El tema de la soledad es central en la literatura como en toda manifestación artística porque puede verse como un espejo universal de la condición humana. ¿Qué reto conlleva escribir sobre un tema cosmopolita? ¿En qué es diferente tu soledad a la de otros escritores? ¿A la de otros artistas? ¿A la paradoja de la escritura en sí misma como acto de soledad?

Respuesta:

Cierto: la soledad es un tema universal de la literatura y ocupa un lugar central en mi propia obra creativa, pero yo la abordo como una búsqueda de encuentro con el otro, aunque parezca paradójico. Una de mis obras favoritas es La metamorfosis, de Franz Kafka, y ahí se presenta la soledad no como decisión de aislamiento, sino como una alienación involuntaria, abrupta e inesperada. El protagonista, convertido de la noche a la mañana en insecto sin que se sepa nunca por qué, procura desesperadamente la aceptación y reintegración a su familia, pero ya es imposible porque no comparte con ellos una misma especie, una misma naturaleza. Hay soledades así, que no se buscaron ni tienen solución. Son la metáfora de la individualidad radical de algunos seres, que, aunque estén rodeados de personas, son esencialmente una isla. El artista escribe desde un diálogo silencioso consigo mismo, enfrentado al vacío de la página y a la incógnita de si el lector de afuera lo entenderá. Y, sin embargo, ahí reside la paradoja: la escritura, que nace como acto solitario, aspira a romper el aislamiento y a tender un puente hacia el lector desconocido. Toda obra de arte es simultáneamente una forma de encierro y un gesto de búsqueda, un anhelo de que lo individual se transforme en experiencia compartida. Mis versiones de la soledad no son distintas a las del resto de los creadores.

Pregunta:

«…tengo una casa enorme y triste como / una ciudad abandonada / después del cataclismo…» estos son unos versos del poema “La casa que soy” del poemario que lleva el mismo título que en mi carácter personal me gusta mucho y que también he trabajo en clase con mis estudiantes. La metáfora de la casa es una alegoría presentada a través de la literatura universal y del arte, en general, ha representado el cuerpo, la sique, la identidad, la memoria, el refugio, el desamparo, entre otros aspectos. La casa de Janette Becerra, ¿es una anatomía de la sique?, ¿del concepto de habitabilidad?, ¿de la intemperie mental?, ¿de la identidad y pertenencia?, ¿de todas?, ¿de ninguna?

Respuesta:

Pienso que la poesía, por su naturaleza íntima y de pronunciamiento del yo, es siempre la casa de la memoria y de la identidad. Titulé mi segundo poemario La casa que soy precisamente porque constituye un plano de mis recintos interiores: hay en ese libro casas y patios del ayer, abandonados, así como casas recientes, que también albergan problemas y afectos conflictivos. Pero lo interesante es que con los años me he dado cuenta (porque no es algo que planifiqué a conciencia), que a través de todos mis cuentos la metáfora de la casa también es frecuente y ambivalente: es el espacio que refleja muchas tensiones silenciosas, especialmente en la configuración de las relaciones familiares y las raíces del subconsciente. Es a la vez útero y tumba, refugio y prisión. Es espacio que se cuida y se embellece, pero también contiene secretos terribles. Es lugar al que se regresa, pero también del cual se huye. Prácticamente todos los cuentos del libro Cerrar la puerta tras de ti contienen esos sentidos simbólicos, y muy marcadamente textos como “Madre», «Naturaleza”, “Quimera”, “La noche de adentro” y “3:10”. Estaba presente también en mis libros anteriores, como Doce versiones de soledad (en el que hay casas dentro de otras casas, por ejemplo, en “Afición por los terrarios”, o cuartos y paredes que esconden secretos terribles (como en “La reconciliación” y “Otro emparedado”) y en Ciencia imperfecta (en el que hay casas extraterrestres o subterráneas que se vuelven ominosas, como en “El experimento” y “Visitabas puntualmente el consultorio”). Escribir sobre la casa equivale a volver a entrar en ella, reabrir puertas y recorrer habitaciones que creíamos cerradas para siempre. La literatura se construye como una casa también: piso a piso, libro a libro.

Pregunta:

Muchos escritores confiesan ser voraces lectores y enfatizan en que la lectura es la maestra de la escritura. ¿Cómo describes tu experiencia? Si tuvieras que escoger entre ser lectora o ser escritora, ¿qué seleccionarías?, ¿por qué?

Respuesta:

Creo que todos los escritores comienzan a crear porque quedaron seducidos por algo que habían leído antes. Este es uno de esos casos en que, definitivamente, la gallina viene antes que el huevo: la gallina es el texto maduro y el huevo es el texto embrionario del escritor principiante. Pero también me parece innegable que la mayoría comienza a escribir sin haber leído lo suficiente: es una novatada inevitable porque es parte del proceso de convertirse en escritor. Lo terrible es que haya quienes se lancen no meramente a escribir, sino a publicar, y conserven esa práctica por el resto de sus vidas: escribir, publicar y volver a publicar, apenas leyendo. Si no se lee buena literatura no se puede escribir buena literatura, del mismo modo que si no se conocen las tablas de multiplicar no se puede inventar un teorema matemático. Yo comencé a leer desde niña y a escribir desde adolescente, pero no me lancé a publicar hasta la adultez, y eso es lo que recomendaría a quienes me pidan consejo. Por último, me preguntas qué escogería, si tuviera que escoger, entre ser lectora o escritora. Esa pregunta cruel me recuerda al dilema de Meryl Streep en la película Sophie’s Choice (1982). Elijo no elegir.

Me encantó el final de tu respuesta. Trajo a mi mente los versos de Neruda: “Entre morir o no morir / me decidí por la guitarra / y en esta intensa profesión / mi corazón no tiene tregua…” (del poema “Testamento de otoño”).

Pregunta:

Ya que recordé a Neruda, llama mi atención que en tus textos podemos apreciar mucha intertextualidad. Me pregunto si esto ocurre de forma natural o es pensada y anticipada con un propósito en particular.

Respuesta:

Ocurre de ambas formas. Ninguna obra literaria nace en el vacío, porque todo texto es hijo de la tradición literaria que le precede. De hecho, la cultura entera —desde las ciencias hasta el arte— es siempre una producción de conocimiento que avanza gracias al conocimiento anterior. Si no fuera así, cada nueva generación tendría que reinventarse la rueda y no habría progreso. Lo han dicho críticos muy importantes (T.S. Eliot, Julia Kristeva, Mikhail Bakhtin): la literatura es como un mosaico de citas, y yo añadiría la metáfora de que es como un crucigrama en el que muchos textos se entrecruzan para formar un texto nuevo. Por eso, los escritores recurren a la intertextualidad como un modo de situarse conscientemente dentro de esa conversación infinita que es la literatura, ya sea para estar de acuerdo o para llevar la contraria. En algunos casos, el recurso es plenamente intencional: el autor lanza una apuesta al bagaje cultural del lector, con la esperanza de que sea su cómplice, de que resuenen en él esos ecos de textos previos y se disfrute el “reconocer en lo que lee lo ya leído”, como he dicho en otras entrevistas. Otras veces es un proceso más sutil e inconsciente. En mi escritura puede que surjan semejanzas con otras obras simplemente porque tengo el disco duro mental lleno de mis lecturas previas. No hay intención de copiar o plagiar: se trata de una memoria literaria que modela la sensibilidad y el estilo. En ese sentido, la intertextualidad puede ser a veces una técnica pensada y otras, una consecuencia inevitable del lenguaje artístico que heredamos de nuestras lecturas.

Pregunta:

Cultivar la originalidad en un mundo saturado por la artificialidad puede verse como una misión casi imposible. ¿Cómo generas ideas y ejercitas tu creatividad para llevarlos al papel y lograr que el lector sienta y redescubra su capacidad de asombro?

Respuesta:

Derivo mis ideas muchas veces de noticias curiosas o asombrosas que veo en la prensa o simplemente entran a mi algoritmo por las redes sociales, especialmente YouTube. Cuando encuentro algo fascinante o estremecedor entre esas novedades científicas, políticas o sociales, casi siempre dejo pendiente en mi agenda crear una historia sobre ello, a la que le añadiré buenas dosis de fantasía. Pero también la lectura de otros autores me provoca reescrituras. La vida y la ficción se alimentan mutuamente.

Pregunta:

A base de tu experiencia como escritora y docente, ¿qué le recomiendas al profesorado para lograr que sus estudiantes sean lectores más críticos y que generen textos auténticos?

Respuesta:

Varias cosas. La primera es asignar textos que sean relevantes e interesantes para los estudiantes. No debemos enseñar las mismas obras durante diez o veinte años simplemente por la comodidad de que ya tenemos preparadas esas clases, sin tomar en cuenta cuánto va cambiando nuestra audiencia estudiantil. Y si el prontuario del curso exige asignar obras “clásicas” de un pasado con el que ya no conectan, o cuyas tramas se han tornado “aburridas” para ellos (conste que me refiero sobre todo a estudiantes que toman cursos generales de español por obligación, pero que tienen intereses académicos y personales muy ajenos), siempre se pueden acompañar de textos o temas actuales que sirvan de complemento o contraste, e invitarlos a analizar esas diferencias generacionales y cronológicas para tender puentes entre ellas, no abismos. En segundo lugar, recomiendo encontrar hilos temáticos cautivantes que enlacen las obras asignadas y sean atractivos para ellos: lo monstruoso, lo cibernético, lo criminal, lo psicológico, lo divergente… hay mil posibilidades. Presentar teóricamente un tema y luego discutir obras literarias, cinematográficas, musicales o incluso de la semiología popular (grafitis, videojuegos, tatuajes, redes sociales) que lo reflejen es un mecanismo excelente para lograr que los estudiantes aporten sentidos que incluso nosotros, como profesores, ignoramos. Por último, hay que intentar incorporar la inteligencia artificial, en vez de combatirla. En la actualidad se ofrecen muchos seminarios, talleres y charlas sobre cómo abrazar la inteligencia artificial para que sea una herramienta pedagógica, no una enemiga del aprendizaje. Mientras estemos en la práctica docente tenemos que mantenernos al día con la realidad tecnológica y cultural de nuestros estudiantes, o corremos el riesgo de volvernos tristemente obsoletos.

Pregunta:

Hace poco que te retiraste de la cátedra, ¿cierto? ¿En qué inviertes ese tiempo ahora? ¿Lees más? ¿Escribes más? ¿Algún libro próximo a publicar? ¿Alguna nueva pasión? Cuéntanos.

Respuesta:

No quiero desilusionar a colegas que estén soñando con el retiro, pero, al menos en mi caso, la jubilación no ha sido una varita mágica que cambie radicalmente mi estilo de vida. Siempre he tenido muchas ocupaciones simultáneas, y el tiempo que ahora me sobra de la cátedra se ha distribuido entre mis otras tareas: sigo corrigiendo tesis, libros, haciendo labores para el College Board, en fin… es una combinación. Sí, leo un poco más, escribo un poco más y le dedico más tiempo a otros pasatiempos que he tenido de toda la vida, como cultivar huertos, pintar, hacer vitrales. ¿Libros nuevos? Quizás… tengo algunos proyectos en ciernes, pero aún no tienen fecha.

Nos dejas con la intriga… típico de una escritora. El suspenso siempre es un buen aliciente. Tendremos que esperar su nueva entrega, pero para no parecer crueles ante nuestros fieles lectores, acompañan a esta entrevista dos cuentos de Janette Becerra y tres poemas. Les aseguro que son disparos certeros “en una búsqueda de encuentro con… (nosotros)”.

Libros de Janet Becerra