Textos Literarios de Janette Becerra

EL SASTRE Doce Versiones de Soledad, Ediciones Callejón, 2011.

La última vez que estuve frente a la Sastrería Román fue la misma noche que a mi amiga Yvana Ríos y a mí nos leyó la mano un cantinero toledano en L’Hospitalet de Llobregat. De eso hará diez años. Las dos íbamos algo pasadas de tragos y cursilerías tras enterarnos de las desgracias que nos deparaba el futuro, y no teníamos por qué cruzar Carrer de Barcelona saliendo del bar El 13, cuatro bloques atrás. Pero fuimos adrede a mirar la vitrina en sombras de aquel hombre cuya historia infausta yo acababa de contarle a Yvana, al compás de boleros de vitrola y mojitos perfumados con nostalgia. Recuerdo que ella se echó a llorar con la frente apoyada en el vidrio de la sastrería, y sugestionada por los oscuros agüeros del barman, me hizo prometer que le escribiría este relato cuando la ingresaran por fin en algún sanatorio, así estuviéramos las dos demasiado viejas o desencantadas como para creer en cuentos de amor.

Es difícil decir a qué edad Palmiro Román se convirtió en sastre, porque empezó a aprender el oficio de su padre apenas tuvo razón de ser, y él mismo no recordaba haber tenido otra infancia que no fuera la de columpiarse en los pedales de la máquina Singer o bobinar los hilos que le entregaban en bolas enormes, sorteados por colores. Para cuando tenía diez años ya era un lince enhebrando agujas o trazando con tiza blanca y precisión matemática los jeroglíficos que luego representarían un corte o una costura en la tela. Tan aprovechado había resultado como aprendiz, que antes de rebasar la adolescencia su padre le delegaba por completo la confección de algunas piezas, desde la toma de medidas al cliente hasta el entalle final, que aseguraba la elegancia y el ajuste perfecto del paño.

Palmiro adoptó el oficio de sastre porque le correspondía: de eso habían vivido cuatro generaciones de la estirpe Román, que se iban legando el taller del número 49, convenientemente ubicado en la esquina con Carrer de Girona. Pero la vida tiene sus renglones de sabiduría que reparte con equidad, y en el caso de Palmiro, la ocupación de costurero —con sus perversas jornadas de esclavo (abría de nueve a nueve todos los días del año, excepto el primero de enero)— parecía hecha a la medida, porque le otorgaba un lugar útil en el mundo que, fuera de aquellas paredes, le había sido negado. Y es que tenía un aspecto francamente desafortunado: aunque no superaba el metro ochenta de estatura, su rostro exhibía los rasgos indiscutibles del gigantismo. El mentón cuadrado a rabiar se alargaba desproporcionadamente, dejando en el lugar de la boca dos canoas diminutas perdidas en un océano de pliegues de piel. Los ojos enormes y brotados quedaban como subrayados por unas voluminosas bolsas que se abultaban justo abajo, teñidas de un color triste que no se decidía entre el violeta y el verde. Todas las facciones del lado derecho, desde la ceja hasta la mandíbula, aparecían ligeramente más abajo que las de la izquierda, otorgándole un aire picassiano. Y en medio respingaba, como un tumor o un disfraz, la nariz rojiza y verrugosa, que carecía de bordes definidos contra las mejillas. Llevaba el cabello desgreñado y largo, a medio recoger en una cola de caballo apretada en la nuca de la que escapaban mechas rebeldes y precozmente canosas a ambos lados de la cabeza, acentuando su aspecto andrógino y descuidado. Consciente de su fealdad, había aprendido a no mirar a nadie a los ojos para evadir los gestos reprimidos de burla o perplejidad. Pero tenía una clientela nutrida, porque el garbo que la naturaleza le negó en el físico se lo multiplicó con creces en el buen gusto y en la devoción artística con que confeccionaba una prenda sartorial. Era un mago de la forma: percibía las más recónditas disparidades del cuerpo humano y las compensaba con una nesga invisible, un pespunte astuto. Con una agudeza de visión solo comparable a la de los anatomistas, y el anhelo estético que le había concedido su larga y desolada autocontemplación, se volcaba sobre la mesa de corte como un cirujano plástico en el quirófano, y añadía y quitaba a los atuendos los imperceptibles destellos de la perfección. Bajo sus manos diestras desaparecían barrigas y se ensanchaban los hombros, se alargaban los talles y se afinaban cinturas, y aquel arte suyo de esculpir la tela terminaba por otorgar distinción al más desgarbado. Al probarse una pieza terminada, los clientes se quedaban hipnotizados frente al espejo del taller, complacidos con los resultados de ese régimen imaginario que alegadamente había estilizado tanto su figura.

De su paso por la escuela, Palmiro conservaba las cicatrices de una soledad tremenda y un amor imposible, rabioso. La niña en cuestión —nacida para la belleza y su fulgor— jamás le había devuelto una mirada. Se llamaba Delfina Agostini y tenía la piel tersa y como amarmolada, con unos ojos azul añil que causaban la impresión intolerable de estar hechos de mar. Su madre la recogía a las puertas del colegio en un Mercedes descapotable y plateado, que parecía un pájaro tornasol cuando se aposentaba delicadamente dentro de él la mariposa etérea que era Delfina. Oculto tras una columna, Palmiro la espiaba hasta verla desaparecer tras la esquina de la calle Tarradellas, y solo entonces se resignaba a regresar al taller de su padre, arrastrando las piernas y toda la miseria de su deformidad bajo la mochila. Nunca se molestó en hablarle, porque no hubiera soportado una burla de aquella diosa en ciernes. Y los días de escuela se consumieron en un suspiro, y la vida se enroscó para siempre como un ciempiés entre los muros grises del taller.

Fue entonces cuando lo conocí. Pasaba ese verano en la casa de mis padrinos en Cabrils, a las afueras de Barcelona. Los acompañaba a todas partes, con esa fascinación que ponemos los caribeños en conocer los recovecos de las viejas capitales europeas. Mi padrino, natural de Llobregat, todavía visitaba la sastrería dos veces al año para hacerse piezas a la medida, y yo fui con él aquel sábado soleado que ya prometía la tarde más calurosa de julio. Palmiro Román nos recibió con su esquivez acostumbrada y una cinta métrica colgando alrededor del cuello. Nos saludó sin alzar la vista y comenzó a tomar medidas con tal rapidez que tuve que preguntarle a mi padrino, al salir, si confiaba en la precisión de aquel señor tan raro y arisco. “Él sabe lo que hace”, me respondió sin asomo de duda, y nos fuimos a tomar cerveza dos calles más abajo. Allí me puso al tanto de los antecedentes de Palmiro y de su trágico ostracismo, compensado —según él— por el talento inusitado que había heredado para el arte de la costura.

No volví a pensar en el sastre hasta tres años más tarde, cuando me aventuré por cuenta propia a veranear en Castelldefels y tomé el tren hasta L’Hospitalet una mañana aburrida. Me sorprendió encontrar la sastrería cerrada. Decidí tapear calle abajo y preguntar por aquí y por allá qué novedades había del oscuro personaje, y así me fui enterando a retazos de los últimos acontecimientos: que se había rapado el pelo, que llevaba tres días encerrado en el taller y se rehusaba a abrir la puerta, que le había arrojado un cubo de agua a un cliente que insistía en recoger su traje para poderse casar al día siguiente, que mutilaba a los demás a alfilerazos y, en fin, un largo etcétera de minucias inconsecuentes y chismes de barrio que me dejaron en ascuas. Hoy comparo las versiones truncas de sus paisanos con el testimonio prolijo y aciago que escuché del propio Palmiro mucho después, y corroboro una vez más —si es que alguna vez lo puse en duda— que la vida es también como ese espejo que Balzac decía pasear a lo largo del camino para escribir sus novelas, porque nadie tiene el cuadro entero de su proteica faz.

Cuando regresé a Puerto Rico fue sin sospechar que el grotesco sastrecito catalán iba a convertirse en una de mis obsesiones narrativas más porfiadas. Volví a Barcelona y a L’Hospitalet al año siguiente, y toqué a la puerta de la sastrería casi con terror, sugestionada por aquellas últimas historias truculentas que les escuché a los lugareños. Mi padrino había insistido en ir conmigo, pero yo presentía el patrón de una crónica entre aquellas máquinas de coser, el hilo de un relato a punto de bordarse en el tapiz que ofrecería mi mano, y cuyo discreto desdoblamiento se vería estorbado por la presencia de un intruso. Así que me presenté sola y desnuda de pretensiones, a ver si el sastre prodigioso me cosía el cuento de su vida y, de paso, de la mía.

Me abrió la puerta. No me arrojó nada. Esquivó mis ojos, pero no me echó. Me preguntó qué quería, y pretexté que un chaleco, uno masculino, para usar con todo y corbata. Y empezó a tomar medidas, a preguntar sobre el material, el color, el entalle deseado: “Para mujer se usa ceñido a la cintura, ¿así lo quiere?”. “Sí, así”. Y quiso la suerte que le preguntara si solía confeccionar con frecuencia prendas femeninas, y que esa pregunta fuera el talón de Aquiles, la punta de la madeja por la cual se fuera desenrollando todo el relato. “Una vez”, me contestó con parquedad, y bastaron un par de preguntas más, unas cuantas sonrisas honestas, unos silencios bien colocados, para que Palmiro Román me contara su historia como cuando se abren las compuertas de una represa maltrecha que ya amenaza con derrumbarse. Su infancia y primera juventud ya las he relatado, pero la verdadera narración comienza mucho después de aquel ciempiés enroscándose para siempre entre los muros de la sastrería. Porque una vez se desenroscó, y en los pormenores de ese suceso estriba el legítimo portento de su desdicha.

Delfina Agostini creció convertida en la diosa que su rostro angelical de la infancia auguraba. El Mercedes plateado se transformó en un Maserati rojo, ahora conducido por su flamante y joven pasajera. Quien la viera con sus pañoletas de seda al cuello, sus gafas Christian Dior y aquella melena rubia de amazona indomable, la juzgaría recién salida de un plató de Fellini. Las veces que el azar la hacía conducir frente al número 49 de Carrer de Barcelona, Palmiro presentía el resplandor metálico de aquel corcel carmesí que llevaba a su adorada, y se apelmazaba detrás de la puerta de cristal de la sastrería con el corazón galopante y un amor desgarrador atravesado en las costillas como un cólico. Una tarde, un cliente habitual le montaba conversación mientras Palmiro le entallaba el tiro del pantalón, y comentó como asunto de paso que pronto se mandaría a hacer un frac para la boda de su hijo, que se casaba en seis meses con la hija de los Agostini. Al sastre se le atragantó un buche de bilis en la boca del estómago, y el alfiler que estaba a punto de insertar se clavó en la bragadura del pobre padre, como si fuese un puñal en la cepa de su rival.

—Òstia! Què collons fas? —gritó despavorido el cliente, y Palmiro se turbó aún más y lo sacó como pudo del taller antes de que fuera a traicionarlo el llanto. Los días que siguieron se presentaron lúgubres y acartonados, igual que el espeso devenir en realidad de una pesadilla terca.

Una semana después, Barcelona entera se desperezaba ante la mañana soleada y bullanguera de un 11 de noviembre. Mientras hilvana un ruedo frente al pequeño televisor que le hacía compañía en sus jornadas interminables, el sastre de L’Hospitalet presenciaba conmovido cómo al otro lado de la pantalla una avalancha de alemanes —a punta de pico y marrón— derrumbaba con alegría furiosa el muro de Berlín. Los bares cercanos a la puerta de Brandeburgo repartían cerveza gratis, y familiares y desconocidos se abrazaban por igual, llorando, mientras Rostropóvich tocaba con emoción la Suite No. 2 para violonchelo de Bach frente a las ruinas del muro. Una tristeza indescriptible se apoderó de Palmiro. Se asomó a la calle vacía con sus bares cerrados y su silencio de fin de semana recién despierto, y se reconoció tras ese muro invisible que lo había mantenido apartado de Delfina y del mundo. Esa noche helada, a solas con su dolor, aceptó que, para derribar el dique infame de su soledad, precisaba dejarle saber a aquella mujer que él había existido, aunque ella nunca hubiera reparado en su torpe figura o en sus ojos de enamorado trasnochado. Y la única manera de lograrlo era poniendo a su servicio el don singular que la vida le había dado: confeccionar el traje de novia más soberbio, más sublime y noble, que se hubiera visto jamás en la ciudad esmaltada que soñó Gaudí.

Puso manos a la obra de inmediato. Comenzó por enfrascarse en el diseño general del vestido: por primera vez aplicaba su impecable intuición estética a la realización de una prenda femenina. Cerró los ojos y pensó en Delfina, en sus curvas sutiles y proporcionadas que llevaba impresas en la memoria, en la justa composición del ajuar que realzara —sin opacar— tan delicada creación. Guiado solo por el instinto que la naturaleza le había proporcionado, con ardiente ahínco trazaba en el cuaderno líneas toscas en carbón que iba superponiendo y desplazando apenas fracciones de grados, hasta dar con la silueta perfecta, el vuelo insuperable del fruncido o el bies. Cuando el entramado de rayas se volvía una maraña indescifrable, recomenzaba en un papel en blanco, calcando lo ya decidido y retocando el dibujo allí donde aún eran necesarios ciertos ajustes. Se deleitaba en la libertad con que el atuendo para mujer le permitía aprovechar la voluptuosidad natural de las telas, cuando el guardarropa masculino le había exigido siempre austeridad y contención. Para cuando el día comenzó a clarear, Palmiro sonreía complacido ante el boceto final: trazada en estilizadas líneas pasteles, la figura de Delfina parecía emerger de las ondas como una Venus de Botticelli, solo que envuelta en una cascada de muselinas y sedas brocadas color nácar que le hacían más justicia que nunca a su belleza.

Esa tarde cerró el taller por primera vez desde la muerte de su padre y se presentó frente a la puerta de los Agostini con el dibujo bajo el brazo. Tocó el timbre con un puñado de nervios palpitándole en la garganta. ¡Dos muchachos que bajaban la calzada en bicicleta le gritaron al unísono “Cara de cul!”, muertos de risa. Palmiro no se volteó; cerró los ojos y suspiró hondo, masticando su orgullo. Tocó el timbre una segunda vez, pero el veneno de la burla ya había surtido efecto: el plan de su presencia allí se le revelaba ahora como una soberana ridiculez, solo conducente a otra posible humillación entre las muchas que ya coleccionaba en el arca de sus rencores. Las canillas le temblaban y sentía un vaho helado bañándole los riñones. Dio media vuelta y ya comenzaba a descender las escalinatas del pórtico cuando escuchó el chirrido de los goznes y la reverberación de una voz meliflua: “¿Sí?”. Paralizado, arrepentido de mostrar su cara de cul a la mujer más hermosa del mundo, no atinó sino a preguntar cabizbajo y aún de espaldas:
—¿Delfina?
—De part de qui?
Solo entonces comprendió que quien había abierto era la muchacha del servicio. Se giró despacio y la vio: una chica cualquiera, algo regordeta y fea, lo observaba con apatía desde el umbral.
—Palmiro Román. Vaig estudiar amb ella en el Col·legi Canigo.
La puerta se entornó en silencio. Palmiro comenzó a respirar, algo aliviado: había franqueado el primer escollo. Era razonable que un antiguo compañero de colegio viniera a ver a la señorita. Y era razonable que no lo invitaran a entrar hasta confirmar sus palabras. Al menos ya habían ido a buscarla. Transcurrieron los dos minutos más largos de la historia de la humanidad, y entonces la puerta se abrió de nuevo. Como una aparición de la mismísima Virgen, Delfina asomaba su sonrisa bajo el dintel de roble macizo tallado a fines del XIX por los ebanistas de su bisabuelo, y vista así, frente a la brillante resolana de las tres de la tarde, todos los mares del mundo parecían juntarse en sus ojos. Palmiro sintió que las rodillas iban a traicionarlo e intentó sonreír, pero a la par que sus labios ascendían observó que los de Delfina se replegaban hasta morir en una línea rígida, distante, que ya clausuraba la puerta invisible que se había abierto unos instantes para él.

—Ah, hola. No te recordaba por el nombre. ¿Qué haces por aquí? —musitó con mal disimulada decepción.
Palmiro no sabía qué decir. Apenas le alcanzaba el aliento para empezar a recoger los pedazos dispersos de su dignidad, que rodaba hecha trizas escalones abajo.
—Tengo una sastrería por allá —comenzó a balbucear, y al estirar el brazo para señalar el aire dejó caer al suelo el cartapacio con el diseño. Lo recogió con toda la torpeza de su vida agolpada en aquel único minuto, e intentó recomenzar.

—Tengo una sastrería por allá y supe que vas a casarte y he traído este diseño que pensé que te podría gustar…
Delfina bajaba la vista e intentaba sin éxito concentrarse en las manos de Palmiro, procurando ser cortés ante una situación enteramente incomprensible. No sabía si se suponía que tomara aquel papel, extendido hacia ella apenas unos centímetros.
—¿Una sastrería…? —murmuró, perpleja.
Palmiro asintió y acercó más el boceto. Delfina lo sostuvo por la esquina inferior sin tomarlo del todo, y a modo de pretexto ojeó a vuelo de pájaro el diseño, que no vio.
—Gracias, pero ya me están haciendo el vestido en Barcelona. En el atelier de Pertegaz… Pero gracias, muchas gracias, de veras… —y se extendían los segundos de tirantez como una melcocha insalvable.

Palmiro guardó el boceto en su cartapacio y volvió a pincharlo bajo el brazo. Tenía unas ganas inmensas de llorar, pero solo acertó a hacer una reverencia anacrónica y voltearse hacia la calle. Mientras abandonaba el último escalón Delfina alcanzó a repetir “¡Gracias…!”, ondeando su mano blanquísima como un pañuelito de lino, y hubiera añadido el nombre de aquel extraño visitante si no fuera porque ya lo había vuelto a olvidar. Cerró la puerta con suma lentitud y aún turbada por la lástima del desconcierto, que es siempre más incómoda que la lástima de verdad.

De regreso en el taller, Palmiro se paseaba de una esquina a otra. “Es una buena chica” —se repetía— “tal vez pensó que le mendigaba una venta”, y repasaba todos los pormenores del fugaz encuentro: la dulzura de sus gestos, la hermosura que los años habían esparcido como una plaga por su rostro y por su cuerpo, la corroboración de que el vestido nupcial que le había diseñado perfeccionaba su donaire como un guante veneciano. Apostó todo el amor propio que le quedaba a la obra de su talento, y decidió obsequiarle el traje sin requerir su consentimiento. “Cuando lo tenga enfrente, entenderá”, se murmuraba, y empezó esa misma noche a cortar el patrón a la medida exacta de aquella silueta que había cincelado a hierro en sus entrañas.

Al día siguiente se gastó una pequeña fortuna en raso italiano, brocato de seda natural, encajes chantilly y muselinas de India. Sobraba tiempo: a varios meses de la boda, podría trabajar con la paciencia y meticulosidad de un relojero. En la vieja sastrería Román —acostumbrada siempre a la gabardina y el rígido rayón— las aspas de los abanicos aupaban a ras de suelo las livianas tiras de puntilla y organdí, como si fueran espuma sobre las olas. Palmiro cortaba e hilvanaba las piezas con un celo ferviente, pero de forma sistemática y sagaz, sin perder detalle. Obrando casi a ciegas y orientado solo por su memoria y una destreza prodigiosa, hacía nacer de las telas el halo divino que enmarcaría la figura de Delfina como una estola de luz. Perfeccionaba el abullonado con maestría geométrica; acordonaba con festones de seda los ribetes del espléndido escote barco; corregía las alforzas bajo el contorno del busto; tallaba con el muescador la medida justa de las sisas. Vaciló por primera vez a las dos semanas de labor, cuando estuvo listo para coser las bocamangas y se percató de que necesitaba corroborar el ángulo exacto en que la curva de las axilas se entornaba bajo los brazos de Delfina. Se apostó al otro lado de la acera de los Agostini, oculto tras el tronco de un viejo chopo blanco. Estaba dispuesto a esperar cuanto fuera necesario hasta verla salir. Y en efecto tuvo que esperar bastante: pasadas las ocho, envuelta en un sobretodo de cachemira y con botas altas de cuero, Delfina descendía las escalinatas de su casa y se enfilaba calle abajo. El abrigo resultó un imprevisto difícil de superar: era imposible calcular las medidas necesarias bajo las abultadas capas de tela. La siguió a lo largo de tres cuadras hasta verla entrar en un restaurante japonés y entregar su abrigo en el guardarropa. Quedó al descubierto su traje ceñido de lana, que calcaba la figura de la dueña como si fuera un maniquí. Supo que tenía poco tiempo antes de perderla de vista, así que aguzó los ojos, estimó a través de los cristales la medida requerida y cuando ya estaba satisfecho, a punto de partir, se percató de algo inesperado. De forma casi imperceptible —pero suficiente para el ojo de águila de Palmiro— el hueso de la cadera derecha sobresalía unos centímetros más arriba que el de la izquierda. Ladeó el rostro para comprobar si veía bien, si sería un espejismo del vidrio, de la luz, de las sombras: no se equivocaba, y ya Delfina se perdía entre las mesas.

Regresó a toda prisa al taller. Ahora tendría que descoser los costados y ensanchar el vuelo de la tela, añadiendo nesgas que disimularan la asimetría. Mientras deshacía las puntadas se recriminaba por semejante descuido, y dudaba por primera vez de su sentido de observación. Al cabo de unos días precisó corroborar otro detalle, y regresó a su puesto frente a la casa para esperar a que saliera la cliente inadvertida. Al filo de las seis, aterido de frío, Palmiro vio por fin a un hombrecito escuálido bajar de su auto y subir las escalerillas. Cargaba en sus brazos una bolsa de vinilo más grande que él y en la que, a todas luces, iba el vestido oficial de la novia. La figura de Delfina emergió a medias tras la muchacha que abría la puerta, y los tres se internaron en la casa en un santiamén. Una hora más tarde la puerta se abría de nuevo, y el hombre descendía corriendo en puntitas, con su pesada bolsa y un gesto mal contenido de irritación que hablaba por sí solo. Como una sacerdotisa desde lo alto del altar, Delfina lo observaba alejarse recostada del marco, con ojos llorosos. Palmiro tuvo tiempo de verla bien, y se hubiera contagiado de su tristeza de no ser porque más lo horrorizó comprobar que ahora aquella cintura pronunciaba aún más su curvatura hacia la derecha, como una media luna que brillara contra el cielo nocturno de la casa en penumbras. No le quedó entonces duda alguna de que sus ojos no habían fallado: era aquel cuerpo de mujer perfecta el que parecía traicionar su sino de armonía, el que se deformaba con el avance lento pero implacable de un minutero. Aunque otros seguramente no lo notarían aún, él ya lo percibía a simple vista. Se quedó tras el chopo hasta que Delfina cerró la puerta, y regresó al taller con toda la pesadumbre de quien ha descubierto un secreto trágico, una conspiración: algún mal reptaba por los huesos de la criatura más celestial de Llobregat, y era imposible adivinar si ella lo sabía, si hacía algo al respecto, si estaría ya aceitándose la máquina de expertos que pusiera remedio a su condición.

Devastado —con más rabia que dolor por la ironía de un destino que contagiaba a su ídolo con el rigor de su propia deformidad—, optó por construir el traje milagroso que anticipara y encubriera cualquier imperfección de la diosa en desgracia. Reconstruyó la falda en corte princesa, urdió sus mágicos pespuntes a diestra y siniestra, oró con la aguja las plegarias fervientes de su devoción. Incontables veces montó guardia tras el chopo para documentar el progreso de la enfermedad, y ajustó y rectificó las puntadas y ribetes en frenética carrera contra el aprendiz de Perdegaz, que seguía subiendo y bajando las escalerillas de la calle Xipreret con su bolso de vinilo y la frustración de otro entalle fallido a cuestas.

Al cabo de unos meses, a cuatro días de la boda, el admirable vestido camaleónico estaba listo. Nadie podría notar la más leve desviación bajo aquella suave lluvia de nácar, que flotaría alrededor de Delfina como esas luces boreales que a veces danzan en los cielos desvelados de Siberia. Solo entonces se dispuso a realizar el bordado final, que había concebido desde el principio como su gesto supremo de unión: clausuró el taller, se rasuró la cabeza y, con el primor de un orfebre, durante tres días bordó del ruedo hacia arriba diminutas ramas y pétalos blancos, negros y grises con sus propios cabellos, hasta que la falda del vestido se trocó en un campo nevado de filigrana enamorada, que parecía estar hecho para la aparición de un ángel o el éxtasis mudo de un pintor.

El día antes de la boda, a las seis en punto de la tarde y mientras Palmiro observaba desde el chopo, un chavalito aguzado tocaba a la puerta de los Agostini con su preciado cargamento enfundado en un portatrajes de seda cruda, hecho especialmente para la ocasión y perfumado con esencia de lavanda y agua de azahar. La muchacha de servicio no parecía entender por qué el atelier enviaba un segundo traje, cuando el otro colgaba desde la semana anterior en el ropero de la señorita. Pero al cabo de un breve pulseo el obsequio anónimo fue recibido, y la puerta se cerró frente a la mirada lánguida de Palmiro, como la tapa de ese libro que ya hemos terminado de leer y nos expulsa de su mundo, donde habíamos vivido tan contentos y olvidados de nosotros mismos. Regresó perdido y exhausto al taller. Exhausto regresó al taller y se acostó a dormir, porque ya no había lámpara capaz de recordarle que la noche seguía encendida y animada, como suelen ser las vísperas de días de fiesta en los pueblos desprovistos de dolor.

A la mañana siguiente, cámara en mano y apostado como muchos frente a la capilla románica de Santa Eulalia de Provençana, vio llegar la limusina que traía a la novia y contuvo la respiración, mientras el chofer abría la portezuela y surgía con lentitud la flamante protagonista del evento del año en L’Hospitalet. Primero le vio la punta del pie, recubierta por una zapatilla labrada en cristalería y perlas. Inmediatamente encima, como una reja de hierro forjado que resguardara tesoros valiosísimos, la delicada urdimbre negra, blanca y gris que ondulaba con la gracia de una cabellera al viento sobre su obra maestra, mientras la novia emergía ante los ojos deslumbrados de los espectadores. Nadie hubiera adivinado que aquellos hilos que refulgían como seda eran la sustancia misma del sastrecito deforme, transmutado en esplendor. El vestido obraba su magia: a cada paso se plegaba como un lacayo dócil que elevara a Delfina por encima de los charcos de su imperfección. Y mientras ella desfilaba con la gracia de un cisne, a salvo de la curiosidad malsana que hubiera despertado su figura contrahecha, Palmiro saboreaba el placer de haberle concedido aquel milagro secreto de belleza, que no era sino un espejo de la misma belleza que ella siempre, sin pretenderlo, le obsequió. Ese instante perfecto fue el que capturó la fotografía que me mostró años después, y confieso que nunca vi una novia más espectacular, ni una luz tan encantadora como la que bañaba a mediodía la plaza risueña de L’Hospitalet.

La última vez que llegué al pueblo, hará unos tres años, me pareció reconocerla en aquella mujer elegante que descendía en su silla de ruedas por una de las rampas de la estación Cerdà. De Palmiro solo sé que murió sin herederos a comienzos de siglo, y que la Sastrería Román es ahora el Bar Odisea, muy bien puesto con su mesa de billar y sus repisas de cristal iluminado salpicadas de botellas multicolor. Allí trabaja en estos días el cantinero toledano, que por cierto ha envejecido bastante y se niega a leer las manos, porque dice estar ya cansado de tener que anunciarle siempre a la gente los amargos infortunios del porvenir.


UNA CAMA DE HOTEL La casa que soy, Trabalis Editores, 2014.


Una cama de hotel
es un tálamo triste,
espejo del mundo,
fugacidad sostenida.
Se disputan las crestas de las fibras
sucedáneas espumas celulares,
cadáveres de amor y desamores.
Una cama de hotel
se enamora y se despecha
tantas veces al año,
que se vuelve rencorosa.
Por eso mueren tantos
en el misterio de sus sábanas:
porque una cama de hotel
nunca se sabe
cuando perderá los estribos.
Yo me acerco a sus edredones
sospechosamente floridos
como a las tumbas frescas:
con la cautela de un ciervo,
con la ternura de un niño.
A las camas de hotel conviene hacerles cuentos,
cantarles dulcemente una canción de cuna,
dormirlas bien antes de tenderse.
En ellas se acuesta usted
con todos los que antes que usted
requirieron el sigilo.
(Procure no despertarlos.)
Y antes de irse al siguiente día,
por favor, tenga la cortesía
¬—por los que vienen después—
de llevarse
su dolor.


DELIRIO
La casa que soy, Trabalis Editores, 2014.

Últimamente se ha vuelto un problema
ir al mercado o a los centros comerciales,
a las melancólicas oficinas de correos
o al colegio de los niños, a las horrísonas
reuniones de facultad, que persisten,
a las bodas, a los cumpleaños siniestros,
a los velorios, a los bautismos o, en fin,
a cualquier parte donde se congregue la gente,
porque no sé con qué tacto enfrentar
este caso de delirio colectivo
de que insistan en tratarme
como si yo estuviese allí.


EL OTRO (poema circular)
La casa que soy, Trabalis Editores, 2014.

me compró flores
un boleto al teatro
varias copas de vino
buenas dosis de sushi
un perfume Chanel
un billete a París
un palco en la ópera
un aro de diamantes
un auto deportivo
una casa en la playa
un terreno en la luna
y un Picasso azul.
Pero un día me preguntó
qué me haría feliz
y no tuve
más remedio
que decirle


MILAGRO EN GUANABACOA
Cerrar la puerta tras de ti, Trabalis Editores, 2019.

Llegamos a Guanabacoa pasadas las tres, y aún nos tomó dos horas más dar con la antigua Ermita del Potosí, que para entonces estaba en pleno jaleo de restauración. Hacía ya rato que los albañiles se habían marchado de la loma polvorienta, y todavía el atardecer de aquel jueves esparcía un resol tan furibundo que obligaba a usar las manos como viseras y anegaba los ojos de una aguaza turbia, ácida. Resignados a no encontrar a nadie que nos orientara hasta la mañana siguiente, regresamos al automóvil y ya iniciábamos el descenso cuando lo vimos emerger, diminuto y ágil, a la vuelta de una curva. Se llamaba Eugenio Cárdenas y tenía los párpados achinados y la tez tersa, como asada al sol. Nos escrutó con asombro cuando le preguntamos dónde podíamos encontrar apariciones de la imagen del Nazareno.

—¿Cómo que dónde? En cualquier parte.
Y sin más se volteó y arrancó un manojo de maleza que crecía en la vereda para mostrarnos su bulto de raíces tiernas, que aún se desmoronaban de tierra.
—Mírelo aquí.
Mi marido y yo, incrédulos de que la providencia castigara nuestras burlas al primer intento, tuvimos que mirarnos de reojo antes de bajar del auto para examinar el alegado milagro. Los dos nos embelesamos contemplando aquella maraña de bulbos y arterias blanquísimas, espolvoreadas de un barro fino como de escarcha roja, pero entre las cuales no aparentaba dibujarse figura alguna. El individuo nos debe haber notado a leguas la falta de fe, porque se anticipó a cualquier objeción y, valiéndose del índice como puntero, fue recorriendo el rústico retrato:
—Por acá los ojos, aquí la nariz, miren de lado la corona de espinas.

Solo entonces, pintadas con tal destreza por los trazos transparentes de su dedo, las facciones del Cristo parecieron ir brotando como en un cuadro cubista, y creo recordar que hasta retrocedimos un poco para apreciar mejor el conjunto, que únicamente con gran esfuerzo ocular cobraba aspecto humano. Cárdenas se persignó y prosiguió su camino cuesta abajo sin despedirse, como quien ha hecho el simple favor de dar instrucciones de ruta, y lo vimos alejarse sosteniendo su preciado cargamento de raíces con ambas manos, igual que si de un recién nacido se tratase.

Habíamos llegado ese mediodía al aeropuerto de La Habana movidos por una curiosidad risueña, mezcla de turismo campechano y cierta antropología cultural que dignificara nuestra reputación de intelectuales: yo como escritora de la diáspora, él como fotógrafo urbano. Éramos jóvenes y nos creíamos dueños de la verdad, con esa autocomplacencia que siempre opone la razón a las supersticiones. Insistí en ir porque aún me perseguían en sueños las historias que de niña me contaba mi madre en el sillón vespertino, aquellas crónicas sencillas de una ciudad mágica a cuya vera había crecido, a cinco kilómetros de la capital, y que se erguía sobre una colina como calada de confiterías y manantiales para producir los caramelos más dulces y el agua embotellada más pura de la metrópolis. No niego que nutría mi ego esa autoridad conferida por la ascendencia que me permitía fingirme experta ante aquel adonis norteamericano, alto y de ojos verdes de abismo, que mascullaba a duras penas el español por amor a mí y de cuyo brazo me paseaba entonces por las calles de la patria imaginada. Pero Guanabacoa representaba sobre todo la posibilidad de documentar la falsedad de un mito que había impregnado con su olor visceral los recuerdos de mi madre: la leyenda de la imagen prodigiosa del Jesús Nazareno.

El origen de la historia se remontaba a los albores de la colonia: un óleo en tabla con la imagen del Mesías que Jusepe Bichat, indio converso del siglo dieciocho, había trasladado desde su humilde choza en la Loma de la Cruz hasta la Ermita del Potosí, edificada cien años antes y cuyas ruinas tiznadas él mismo había reconstruido a pulmón. A partir de entonces, la memoria de Bichat y la imagen del Nazareno se habían trocado en objeto de pública veneración, y gracias a sus rogativas fervorosas los labradores de la comarca recibían el copioso beneficio de las lluvias cada vez que a una sequía terca le daba con instalarse en la zona. Pero centurias después de pulverizarse la mítica pintura —incluso a espaldas de la prohibición oficial— el pueblo entero aún vivía empapado de una suerte de milagro perpetuo, y por todo el Caribe se corría la voz de que en Guanabacoa, la estampa del Cristo se materializaba en cuanto recoveco pudiera imaginarse: en las papas crudas que cortaban los vecinos a mitad para guisar el almuerzo, en el anverso de las hojas de berza que se disponían a echar al caldo gallego, en las tapas de los frascos de mermelada con que untaban el pan, en la hogaza misma de pan que recién sacaban del horno, en los troncos de árboles que sucumbían a la tala, en los daguerrotipos de parientes muertos, en las radiografías dentales, en las tajadas de fruta bomba, en las barras de jabón y hasta en las vetas cuarteadas de los antiguos suelos de mármol, que ya cedían al estrago de los años como una piel arrugada por la decrepitud.

Quienes llegaban en peregrinación a la ciudad en busca del prodigio se topaban con él en la primera esquina, como ya sabíamos por experiencia propia, pero no bastó en nuestro caso la convicción incorrupta de los lugareños. Después de todo, no habíamos a
cudido en pos del milagro: cazábamos el folclor, el colorido disfraz de la superchería. Es cierto que durante los días que prosiguieron nos conmovió la certidumbre sin mácula, el dichoso espectro de la vida divinizada que respirábamos a cada paso. Pero también nos divertían las pequeñas inconveniencias que suponía morar a la sombra del retrato omnipresente. Advertimos, por ejemplo, que hubiera sido blasfemia para los vecinos desprenderse de cualquiera de aquellas reliquias sagradas, por lo que se les volvía un problema cada vez mayor la acumulación exponencial de los objetos más insignificantes. Los vimos atiborrarlos en estivas fenomenales en los altares caseros, en las famélicas cocinas, en los patios sin techo, en las jaulas mohosas de pájaros fugados y hasta en las azoteas de las mustias ermitas que aún aguardaban su turno de restauración. Entonces recordábamos la cara estoica de Eugenio Cárdenas, con su camisa raída y su sombrero de guano, mientras descendía la cuesta matojo en mano, resignado a tener que conservarlo quién sabe dónde.

Notamos también, para satisfacción de nuestro orgullo escéptico, que el rostro del Nazareno adquiría las facciones humanas más diversas, según a quién se le revelara. Así, no era raro que el semblante de Cristo que había aparecido en la borra de café de una beata del pueblo fuera harto parecido al rostro que colgaba de su cuello en un escapulario, y que no era otro que el de su difunta madre, enterrada hacía tres décadas. O que los rasgos de faz agónica que se transparentaron en el vidrio de la bodeguita, la tarde que fuimos a tomar cerveza, se asemejaran mucho a los del hijo del dependiente, desaparecido en pleno fragor del 59 y cuya fotografía en blanco y negro aún coronaba la pared tras el mostrador. Solo nosotros parecíamos advertir que el pueblo entero se había convertido en un álbum de estampas de los amores perdidos, y que el verdadero milagro de Guanabacoa era la apacible convivencia con aquellos fantasmas que, a falta de tanta fe, hubieran sido dolor.

Pero en fin, apertrechados de anécdotas y fotos preciosas de la capital, abandonamos la Isla un domingo de agosto. Fueron días felices, colmados de tibieza, azúcar y agua impoluta, y si hoy guardo una memoria amarga de aquel viaje de juventud no es por culpa de las bondades sin reserva de Guanabacoa, la luminosa ciudad de mis recuerdos maternos.

Tiempo después quiso la suerte que me tocara vivir en Marsella, en plena Provenza francesa. Aquel paraíso tan ajeno a mi Caribe natal guardaba no pocas gratas fortunas, como la vista espléndida de las calas, el olor a pescado fresco del Vieux Port y un invierno suave y sonriente, que sabía tratar a los extranjeros con la hospitalidad de un buen anfitrión. Había venido a dedicar un año de sabática a la tarea solitaria de escribir, pero de eso ya iban diez, y la vida se había detenido como una de esas barcazas de pesca que encallan de vez en cuando frente a la Costa Azul. A los seis meses de llegar, mi marido aprendió a mascullar la lengua local —como era su costumbre— y embarazó a una francesita engreída de París, con la que se fue a vivir a los Champs Elysées al día siguiente de divorciarnos. Desde mi pequeña habitación en el barrio Panier oía en las noches el alegre repiqueteo de tacones ebrios que trepaban la escalera de adoquines hasta la Place des Moulins, cumbre absoluta de la colina. Y aunque ya no rugían allí los molinos que siglos antes trituraban el trigo, aún descendía por la cuesta empinada un rumor parecido, que es el chasquido que hacen los labios cuando se besan bajo las farolas las parejas furtivas.

Un día almorzaba al pie de La Charité —ese coloso renacentista que Le Corbusier salvó de la demolición a fuerza de berrinches— cuando a todos los clientes nos sobresaltó el alboroto de una trifulca que llegaba de la calle. El Taxi Brousse era el único restaurante caribeño que frecuentaba, y aunque ese día el sol de agosto filtraba por las ventanas una luz pálida que más se parecía a los crepúsculos de Puerto Rico que a un mediodía como Dios manda, a los comensales hipnotizados por aquellos picantes cocidos criollos poco podían afectarnos las nostalgias del trópico. Los más curiosos nos asomamos al oír el escándalo y apenas pudimos entrever, en medio del barullo de gente que lo circundaba, a un hombrecito escuálido que manoteaba iracundo contra la muchedumbre. Al dispersarse el gentío pude reconocer en aquel rostro tostado y aquel porte de indiano descarriado las facciones inconfundibles de Eugenio Cárdenas, que ya se alejaba por la calle empedrada. Lo llamé a gritos desde la puerta y se volteó con la misma naturalidad de hacía una década, pero creo que no me reconoció. Tuve que ir tras él y recordarle que nos habíamos conocido en Guanabacoa, y supongo que, de no haberlo convidado a compartir mi humeante potaje de carne guisada, no se hubiera atrevido jamás a dirigirme la palabra.

—¿Y qué hace por estos lares? —le pregunté, divertida por su compostura seria y su talante de ciudadano enfrascado en súbita misión diplomática.
—Vine a traer pruebas del santo —me respondió sin asomo de vergüenza.

Dos cervezas después, ya Eugenio me había explicado los pormenores de su peregrinación, supongo que aliviado de poder conversar en un castellano cantarín y desprovisto de esas perpetuas zetas que abundaban en la plática con los escasos españoles de la zona. Me contó cómo hacía unos meses, allá en Guanabacoa, un turista francés lo había convencido de viajar a Marsella para documentar las apariciones del Nazareno, porque en el consulado italiano de la Rue d’Algers habían iniciado los trámites para la beatificación de Jusepe Bichat. Solo la intervención milagrosa del santo podía explicar que hubiera logrado trasladarse a Europa sin tener ni dónde caerse muerto, pero ahora nadie sabía darle razón del proceso papal en la vieja ciudad francesa, y la secretaria del cónsul ni siquiera consideraba concederle audiencia a un guajiro raquítico y mal vestido, que alegaba haber venido desde la Antilla Mayor a testimoniar la santidad de un desconocido del cual, por cierto, jamás habían oído hablar. La bronca a la entrada del restaurante se había suscitado justo porque un muchacho en patineta había intentado robarle el maletín donde cargaba toda suerte de muestras de la imagen del Cristo, y el mesero que nos atendía no pudo menos que quedarse con la boca abierta cuando vio aquella colección de reliquias, que contenía desde lascas de mamey preservadas en bolsitas al vacío, hasta chapitas enmohecidas de botellas de agua guanabacoense, primorosamente enmarcadas para la ocasión.

Me partió el alma verlo tan timado y desamparado, con su valija sagrada a cuestas como si fuera el muestrario ambulante de un vendedor. Ofrecí costearle el boleto de regreso a La Habana cuando él quisiera, y al terminar de pagar la cuenta lo consolé afirmando que la causa de beatificación de Bichat seguro no tardaba en comenzar, porque en Marsella también se aparecía a cada rato la imagen del Nazareno que él me había mostrado por vez primera años atrás. Arqueó las cejas con genuina sorpresa y me preguntó que dónde.
—¿Cómo que dónde? —respondí. —En cualquier parte.
Y le mostré la servilleta manchada con que recién me había limpiado los labios:
—Por acá los ojos, aquí la nariz, mire de lado la corona de espinas.

Pero entonces ocurrió que, según procuraba inventar sobre la mancha amorfa aquellos rasgos invisibles, iba materializándose contra mi voluntad el retrato perfilado y tierno de cierto adonis pasado. Detuve en seco el dibujo aéreo, y sospecho que vista así —índice recto, ceño fruncido, sien abultada— parecería la viva estampa de Dios frente a su lánguido Adán en el techo de la Sixtina. Cárdenas ha de haber notado mi conmoción, porque se persignó sobrecogido y se levantó de la mesa. Y cuando vio que yo también reunía mis cosas y me disponía a marchar, añadió perplejo:
—¿Pero no se la va a llevar?
La metí sin doblar en la cartera.
Desde entonces la contemplo con frecuencia, y he visto resurgir idéntica figura en los negativos de las fotos que olvidaron en mi cuarto, en la estela de niños franceses que llegan correteando al muelle, y hasta en los arabescos de espuma que dibuja el barista en mi café, cuando a veces me siento a mirar cómo huye la tarde entre los inmóviles molinos de la plaza.


Sobre la autora

Janette Becerra es escritora, crítica literaria, abogada y excatedrática de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico en Cayey. Su obra literaria incluye los poemarios Elusiones (2001) y La casa que soy (2014); los libros de cuentos Doce versiones de soledad (2011), Ciencia imperfecta (2014) y Cerrar la puerta tras de ti (2019), y las novelas juveniles Antrópolis (2013) y Pangea (2025). Ha ganado dos premios internacionales de narrativa breve en España (Fundación Gaceta de Salamanca 2009 y Encarna León de Melilla 2010), y el Certamen de Cuentos del periódico El Nuevo Día 2011. En el 2012, Doce versiones de soledad fue Premio Nacional de Cuento del PEN Club de Puerto Rico y segundo premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Ese mismo año ganó el certamen de narrativa juvenil El barco de vapor, de Ediciones SM en Puerto Rico. En el 2013 recibió el Premio Internacional de Cuento del Instituto de Cultura Puertorriqueña por Ciencia imperfecta y fue reconocida con el Premio Nuevas Voces del Festival de la Palabra de Puerto Rico. En el 2023 recibió el Premio Nacional Instituto de Cultura en la categoría de literatura infantil por su novela Pangea. Su obra poética, narrativa y crítica se ha publicado además en numerosas antologías y revistas académicas.