Colaboraciones

EL COLOR DEL MUNDO

Por: Valeria S. Carrasquillo Cotto

Un día, Doña Teresa despertó y suspiró profundamente. Al mirar por la ventana pensó: “Otro día más en un mundo sin color”. Se sentó al borde de su cama, contemplando nuevamente la vista desde allí: un paisaje gris, triste y sin vida.

Entonces comenzó a recordar su infancia. Una época en la que el sol resplandecía de tal forma que parecía un sueño; el cielo era de un azul brillante; los campos estaban cubiertos de árboles verde esmeralda y llenos de flores amarillas, rosas y violetas. El agua del océano y de los ríos era cristalina. Todos los colores del arcoíris eran vivos. Las aves cantaban durante todo el día. Todo el mundo brillaba de una forma espectacular.

Ahora solo veía el cielo gris, contaminado; los árboles ya no tenían hojas; los mares y ríos estaban llenos de basura. El aire estaba tan contaminado que las personas tenían que salir con una máscara para poder respirar aire filtrado. La ciudad parecía haberse olvidado de todos los colores, como si las paredes, las calles y los edificios hubieran perdido su brillo y se hubieran cubierto de una capa gris y opaca.

Doña Teresa se vistió y se sentó en su silla mecedora en el balcón a observar a las personas que pasaban. Se dio cuenta de que nadie sonreía, nadie saludaba, nadie quería tener una conversación. Nadie parecía notar lo vacío que estaba el mundo. O ¿tal vez sí? Tal vez sabían sobre el vacío del mundo, pero estaba tan normalizado vivir de esa forma que nadie le daba importancia.

Esa misma noche decidió que el cambio comenzaría con ella. No iba a permitir que las futuras generaciones crecieran en un mundo silencioso, triste y sin color.

A la mañana siguiente, tomó su máscara y una bolsa de basura. Salió a la calle a recoger desperdicios y separar los materiales reciclables. También comenzó a plantar pequeños árboles en cualquier área donde encontrara tierra. Al principio, las personas que pasaban la miraban con confusión, y algunas se burlaban de ella, diciéndole: “¿Por qué haces eso? Nada va a cambiar”. Doña Teresa los ignoró y, con mucha determinación y amor, continuó con su plan. Quería mejorar el mundo, aunque fuera lo último que hiciera.

Pasaron los días y continuó recogiendo basura, sembrando árboles y flores, y reciclando lo que podía. Algunos vecinos se le acercaron para ver si necesitaba ayuda. Algunos niños estaban interesados en aprender por qué estaba haciendo eso cuando nadie más lo hacía. Doña Teresa aceptó felizmente la ayuda y les explicó la importancia de recoger la basura, reciclar plásticos, cajas y periódicos, y les enseñó cómo sembrar una planta.

Uno de los niños, feliz por haber aprendido algo nuevo, llamó a un amigo para que aprendiera también. Poco a poco, fueron llegando más niños con sus familias para ayudar a limpiar la comunidad y la ciudad. La idea y la determinación de Doña Teresa se convirtieron en un movimiento. Ella no pudo estar más feliz al ver el esfuerzo de las personas por mejorar el planeta. Nuestro planeta Tierra, nuestro hogar.

Con el paso del tiempo, y debido a su avanzada edad, Doña Teresa ya no podía ayudar físicamente, pero sí enseñaba a los niños y adultos de la comunidad la importancia de recoger su basura, reciclar y plantar árboles. Con la ayuda de los alcaldes del país, su movimiento se hizo nacional y eventualmente mundial. Muchas personas de todas las edades comenzaron a buscar formas de revertir el daño que le habían causado al planeta, gracias a la iniciativa de esta noble mujer.

Pasaron los años y todo el esfuerzo y la determinación valieron la pena. La ciudad y muchas partes del mundo volvieron a llenarse de árboles, arbustos y flores. La cantidad de basura se redujo considerablemente y las personas comenzaron a dar más énfasis al reciclaje. Los colores brillantes del cielo y los campos regresaron, y el agua del río y del océano volvió a ser cristalina. Ya no era necesario utilizar máscaras, pues el aire era seguro para respirar.

Lamentablemente, Doña Teresa ya no estaba. Su corazón dejó de latir antes de ver el mundo como lo recordaba; pero sus vecinos y su familia sabían que su esfuerzo había valido la pena. Gracias a ella, el mundo volvió a ser como en su infancia: lleno de colores, aire fresco y esperanza.

Y aunque ella no pudo disfrutarlo, descansó en paz sabiendo que su amor por el planeta transformó el destino de las futuras generaciones.


Sobre la autora

Valeria S. Carrasquillo Cotto estudia un bachillerato en Educación Preescolar y Elemental (K-5) en la Universidad Ana G. Méndez, recinto de Cupey.  


LA GRIETA

Por: Jorge Araya

Sucede que, cuando un hombre pisó la sala de ventas de un edificio anunciado en la avenida donde arrendaba, se arrepentiría de inmediato de su decisión. Sin embargo, pese a que el lugar era un poco más atorrante que su pieza, el precio en verde resultaba demasiado atractivo. Allí, la maqueta lo distrajo de todo. Y es que era blanquísima, con sus arbolitos de plástico y lucecitas de promesas y toda esa brillantez. Fue entonces cuando apareció el vendedor, de polera tan ajustada que marcaba hasta el alma, uñas gastadas, y sonrisa más blanca que el plumavit. Dijo que con treinta millones bajaban el pie, que aquello era su oportunidad, y que el próximo mes el “datito” se perdía.

Doce años llevaba en arriendo el hombre en cuartos donde hasta los sueños se plegaban. Recordó entonces a su madre pelando papas, mujer que juraba que la plata del arriendo era plata perdida. Así que decidió, sin recato, firmar con un rayón. Ignorando la letra chica, aquella que sus ojos diabéticos no alcanzaban a ver.

Pasaron años para la entrega, y todo ese tiempo se dedicó a nada más que a esperar. Allí, y por fin, ese día fue un martes con facha de lunes. El edificio, para su desilusión, era más cercano al “smog” de Santiago, que al blanco mármol que se le había prometido.

Al interior, una serie de manchas de humedad asomaban en los pasillos; el departamento olía a pintura fresca, como si trataran de esconder algo detrás de tantas capas de yeso. Dentro de su propia habitación, la ventana del cuarto de estar, que en la maqueta portaba lindos alfeizares, daba en la vida real a un muro parejo. En la misma noche, entre el odioso vecino tosiendo y el loquero que se escuchaba en el piso de arriba, el hombre recurrió a subirle el volumen a la tele para opacar el lúgubre derredor. Y así lo mantendría para siempre.

Después, llegó el frío de julio. Y en la más gélida madrugada el cielo raso del baño se vino abajo. Metiendo la cabeza en el hueco, el hombre vio la cañería con un alambre igualito al local que le vendió empanada de perro. Más atrás, escondido, una fractura estructural se escondía detrás de la cañería.

Como típico chileno, llamó a la constructora. Pero una grabación dijo que ya no existían. Entonces llamó a la garantía, y una grabación le dijo que nunca existieron. Finalmente, tapó el hoyo con yeso. Pensó en demandar, sí. Pero demandar es plata, y la plata es dividendo, y el dividendo no espera.

El hombre fue a la municipalidad. Dos horas de fila, una secretaria tomó datos y dijo que pasara a la oficina técnica. Pasaron cuatro meses; llamó: inspector con licencia, luego informe extraviado. Pensó: la suerte, como el “smog”; a unos les toca más, pero es el mismo aire.

Tiempo después, llegó marzo y el vecino del quinientos tres se suicidó. El tísico que llevaba seis meses cesante. Se tiró del quince. Recordó que habían compartido el ascensor una semana antes, y no se dijeron nada entonces. Cuando supo sobre ello, no sintió nada. O sí, pero lo único en que pensó, fue en el mal horario que había elegido, pues mañana era feriado.

Esa noche comenzó a llover y no se detuvo sino tras una semana. El agua entró por ventanas, grietas, ductos. Ascensores en mantención; para entonces, pasaba varios minutos al día contando los escalones cuando bajaba por la escalera de emergencia. No estaba completamente seguro si eran pares o impares.

Una tarde, poniendo el hervidor, vio una línea nueva en el muro del cuarto de estar. Corría del techo al piso, fina como un pelo, definitiva. Palpó el vacío tras el estuco. Justo entonces sonó el teléfono, BancoEstado. No contestó. Lo apagó y miró la grieta.

Podría juntar vecinos, un abogado, salir en la tele. Podría no pagar, vender, irse al sur. Pero recordó la fila, la ambulancia, la fractura, el crujido. Todo fracturado, y él también. El hervidor hizo clic; sirvió el té, se sentó. Se abrió la gotera. El techo crujió como pan. Apagó la tele. Tomó el té. La grieta no se movió.

A la mañana, se puso el uniforme y salió. En la escalera se cruzó con la peluquera del quinientos cuatro. Buenos días, dijo ella. Buenos días, él respondió. Bajaron los doce pisos sin hablar. En el paradero, cuarenta minutos de micro; se subió junto a cuarenta minutos de gente. Finalmente, llegó tarde a la clínica; la supervisora lo retó, pidió disculpas y trabajó. Mientras limpiaba el suelo de la sala de espera, pensó que era un buen suelo. Firme.


Sobre el autor

Jorge Araya es un estudiante y escritor novel chileno. Su interés por la narrativa surge de la observación de la vida urbana y sus contradicciones, especialmente en temas como la vivienda, la soledad y la precariedad cotidiana. Ha participado en talleres literarios y grupos de lectura donde ha desarrollado una prosa contenida y una mirada crítica. Actualmente prepara un libro de relatos que explora las fisuras de la ciudad contemporánea. «La grieta» es su primer envío a una revista literaria, un cuento que condensa varias de sus obsesiones narrativas.


FLOR ROJA

Por: Rebecca Milagros Ortiz Pérez

Estoy parada en la ventana de mi cocina y puedo verte, puedo verte verme. No importa si estoy de espaldas, te veo. Estás encima de mí como una arpía, águila rapaz que me sigue desde antaño. Te veo, tu sombra rota y desgastada. Tú, que te crees intocable, tú, que me miras y no me hablas. Tú, que no tienes ojos, pero me tocas con la mirada. Tú, que no haces ruido y, aun así, te escucho.

Vete y aléjate, gran ave rapaz que solo come lo que ha muerto, lo solo, lo que ya no tiene esperanza. Yo no he muerto. Solo vete, yo no me iré, aunque huela a Lycoris. Échame licor y déjame ir, amarga y triste flor de loto, roja y sangrienta luz. Tú, que vienes y vas, pero que no se va cuando está conmigo.



Sobre la autora

Rebecca Pérez nació en Río Piedras, Puerto Rico. Actualmente es estudiante de la Universidad Ana G. Méndez, donde cursa un bachillerato en Psicología. En sus ratos libres dibuja, lee y escucha música. También publica libros infantiles en Amazon como aficionada bajo el seudónimo de “Atenea Pérez”, con la intención de enseñar a los más pequeños del hogar. Empezó escribiendo canciones, pero en escuela superior se decidió por empezar a escribir poemas.


LO QUE EL CALLAR MUERE POR DECIR, LA URGENCIA DEL FIN y TERRITORIO DE NADIE

Por: Kathiliany Marie Báez Ortiz

LO QUE EL CALLAR MUERE POR DECIR

Temámosle a la muerte con el alma; al miedo de dejar de existir. 
Que el tiempo sea nuestro látigo constante, donde cada golpe sea un paso más cerca del fin.
Morir debería ser la fobia principal que abrace el espíritu vivo del humano,
recordándole que el camino se agota y demostrándole a la vida lo vital de su función.
Propiciados por el morir, ¡vivamos!
Salgamos, bailemos, experimentemos el rencor y la sanación, el placer y el amor.
Que nuestra urgencia por vivir dependa de la certeza de que terminaremos por morir.
Temerle a la muerte no es lo que nos limita: es lo que nos guía, lo que no nos permite permanecer inertes.
Resumamos el valor de la vida en tener una razón por la cual morir:
por los recuerdos, por las personas, por lo que sentimos y lo que deseamos.
Al final moriremos, así que... ¿por qué no vivir mientras tanto?
Bien recibida es aquella muerte que no nos deja partir sin haber vivido.

LA URGENCIA DEL FIN

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Temámosle a la muerte con el alma; al miedo de dejar de existir.
Que el tiempo sea nuestro látigo constante, donde cada golpe sea un paso más cerca del fin.
Morir debería ser la fobia principal que abrace el espíritu vivo del humano,
recordándole que el camino se agota y demostrándole a la vida lo vital de su función.
Propiciados por el morir, ¡vivamos!
Salgamos, bailemos, experimentemos el rencor y la sanación, el placer y el amor.
Que nuestra urgencia por vivir dependa de la certeza de que terminaremos por morir.
Temerle a la muerte no es lo que nos limita: es lo que nos guía, lo que no nos permite permanecer inertes.
Resumamos el valor de la vida en tener una razón por la cual morir:
por los recuerdos, por las personas, por lo que sentimos y lo que deseamos.
Al final moriremos, así que... ¿por qué no vivir mientras tanto?
Bien recibida es aquella muerte que no nos deja partir sin haber vivido




TERRITORIO DE NADIE

Propiedad ajena, del que invade, del intruso. 
Unido a lo que me hace ser, pero sin ser mío.
Desde el despertar de la conciencia, del prójimo eres y de mí, nunca.
Cuando te tocan, lo siento; cuando te miran, lo siento; cuando te hieren, lo siento;
pero más siento la parálisis de no tener con qué hacer que se detengan.
Porque de ellos eres, y parece que de ellos serás.
Soberanía corrompida por el ultraje recurrente.
Sin marca de agua que dicte mi autoría, pero sí con marcas de sangre que no me pertenecen.
Arquitectura vulnerada, cae en dominio del que simplemente se adueña.
Extraño la sensación de control, de poder; el que alguna vez creí tener sobre ti por ser yo.
Pero ¿cómo reafirmo mi dominio en algo que, cada vez que se presenta la ocasión,
me corroboran que es de uso público?
Hematomas recorren lo que alguna vez fue mío,
materializando el hecho de que ya no lo es.
Recuperaré mi posesión, lo que solo a mí me pertenece,
aunque eso conlleve clausurar la entrada para siempre y demostrarme que,
si no pude defenderte la primera vez,
esta será la última que alguien pueda tocarte.


Sobre la autora

Kathiliany Marie Báez Ortiz es estudiante de Justicia Criminal y Criminología en la Universidad Ana G. Méndez, recinto de Cupey. Su escritura se distingue por capturar la esencia cruda de las situaciones y los sentimientos humanos, transformando el papel en un espacio de confrontación y realidad. Con una voz visceral y directa, busca desglosar la complejidad del dolor y la identidad en la sociedad actual.






BOMBA, CULTURA E IDENTIDAD

Por: Ninoshka P. Mendoza Morales

La cultura puertorriqueña se caracteriza por sus costumbres, su folclor, sus bailes y sus coloridos vestuarios. Estas características son sinónimo de patriotismo porque cuando la representas en otro lugar se siente un sentimiento muy bonito. Cuando hablamos de nuestra cultura hablamos de historia, literatura, anécdotas, tradiciones, costumbres música y baile.

En nuestra música autóctona, por ejemplo, existe una variedad de ritmos de Bomba, con más de 20 variantes que se clasifican según la región de procedencia. Veamos.

La zona norte: Santurce / San Juan (barrio, La Perla) tradicionalmente es famosa por mantener vivos ritmos como el Yubá y el Cuembé, compases que son muy rápidos. Los bailes son energéticos (los piquetes son más improvisados) y los ritmos como el Corvé o el Seis corrido son más vigorosos. Esta zona también se caracteriza por una fusión de ritmos como el Sicá, Yubá y el Cuembé. El baile tiende a ser una tradición de mucha improvisación y diálogo entre bailador y tocador, representado por el cuerpo y el barril. A menudo, en la vestimenta, se usan faldas largas para marcar piquetes visuales.

La zona sur: Ponce, Guayama, Juana Díaz, históricamente, fueron áreas de mayor concentración de esclavos que desarrollaron ritmos como el Leró que es un compás elegante y lento, característico del pueblo de Ponce. El acento antiguo llamado Belén también es representativo de los pueblos del sur, y es una versión distinta del Cuembé. El otro ritmo típico del sur es el Cunyá, otro acento de bomba antiguo distinto al Cuembé de Santurce. Cuando hablamos de la caracterización de los bailes de Bomba, según su zona, el sur se distingue por presentar bailes pausados, majestuosos y sensuales. El movimiento es más cadencioso y elegante, típicos de ritmos como el Cunyá y el Leró.

En el área oeste aún se conservan estilos que mezclan la elegancia del sur con la rapidez del norte.

Por otro lado, tenemos al pueblo de Loíza, conocida como la cuna de
la tradición de la Bomba, y se identifica por ritmos como el Sicá (es el más conocido) el Yubá (sombrío, fuerte, espiritual), el Cuembé (similar al Sicá) y el Holandés (rápido y alegre).

Un dato muy importante en la percusión de la bomba es que, en sus inicios, cuando se hacía el Batey (lugar donde los esclavos y sus descendientes podían expresarse libremente a través de la música), solo los hombres podían tocar los barriles de Bomba. Hoy día eso ha cambiado mucho y ahora hay mujeres tocando barriles, algo que no era muy bien visto por los hombres y que les causaba disgusto.

Con el pasar de los años la manera de bailar bomba ha cambiado muchísimo. En el pasado eran más tradicionales, se usaba un traje blanco de mangas largas con una enagua adornada con lazos de diferentes colores brillantes y un turbante blanco en la cabeza para cubrir el cabello. Hoy día el vestuario puede variar.

Aún recuerdo que a mis 7 años tuve la oportunidad de participar en una competencia de baile de Bomba en el pueblo de Loíza y gané el 2do lugar. Para mí fue lo más extraordinario que me pasó ese día ya que estuvo presente mi hermana mayor y la maestra que tanto me había enseñado.

Aún sigo bailando y considero que nuestra cultura nos hace tener identidad. Me llena de orgullo y satisfacción poder enseñarles a otras personas, a través de la bomba, parte de nuestra esencia cultural. ¡Que viva la Bomba!


Sobre la autora

Ninoshka Mendoza Morales nació el 16 de mayo de 1996 en San Juan, Puerto Rico. En 2017 comenzó sus estudios en Terapia Respiratoria, inicialmente a nivel de grado asociado en Ciencias de la Salud, y actualmente los continúa a nivel de bachillerato. Desde niña mostró gran interés por las artes plásticas y por el baile. A los 7 años inició su formación como bailadora de bomba puertorriqueña de la mano de su maestra Marien Torres, disciplina que ha mantenido con dedicación hasta el presente. Hoy, con más de dos décadas de experiencia, se desempeña como bailadora de bomba profesional, y uno de sus pasatiempos principales es visitar distintos espacios para bailar, actividad que le brinda plenitud y alegría. Se distingue por regirse por la verdad, así como por sus principios y valores. Entre sus metas a futuro se encuentran ejercer en el campo que estudia—que le apasiona—y poder ofrecerles un buen futuro a sus hijos.


TACITURNO, MEMORIAS y EL JUEZ

Por: Jonathan L. Ruiz Urrego

TACITURNO

En aquella noche sin luna, 
mi voz salió buscando un eco.

Caminó sin rumbo por los pasillos vacíos de mi pecho,
tropezando con muebles viejos de recuerdos,
donde aún quedaba polvo de promesas rotas.

El silencio me miraba desde cada esquina,
pesado, inmóvil,
como si supiera algo que yo no.

Mis manos, inquietas, rozaban las paredes
como quien tantea la salida
en medio de un apagón.

Y entonces,
entre la bruma de lo que callo,
apareció tu nombre.

No fue un grito,
ni un lamento,
apenas un hilo de luz
cruzando la oscuridad de mi garganta.

Ahí entendí
que no siempre buscamos para encontrar;
a veces buscamos solo para recordar
que hay cosas que jamás nos dejan,
aunque el calendario se empeñe en borrarlos.

Ni días, ni meses, ni años
pueden borrar memorias,
ni aquellos besos que se dan en la boca,
porque de ahí nacen las palabras.

Por eso besaría tu sombra,
y al hacerlo no sabría si estoy buscando algo,
pero estaría tan cerca…
tan cerca,
que casi dolería.
¿o espero un milagro? la respuesta de ese milagro me silenció.

Así, esa noche me habló sin palabras,
y me enseñó
que algunas ausencias
pesan más que cualquier presencia.



MEMORIAS

Cada día tiene su afán, eso solía decir mi madre, 
pero en ese afán de hacer y cumplir olvidamos el tic-tac de cada día,
sin percatarnos de que no es un día más, sino un día menos.
En esta realidad se esconden las pequeñas maravillas:
la risa sincera de un amigo o de tus familiares,
el destello inesperado en una mirada,
el susurro tierno de un amor.

Muchas veces me pregunté por qué el ser humano solo aprecia lo que tiene
cuando el grito silencioso de la ausencia aparece.
¿De verdad valoramos lo que tenemos?
¡Vaya! ¿Por qué no recordamos que cada instante es un tesoro
que se desvanece en el viento?

Hoy te invito a mirar a tu alrededor,
a detenerte y sentir para apreciar la calidez
de esos momentos tan efímeros,
esas caricias de la vida que se tejen
con hilos refinados y delicados,
de lo que pasa ante nuestros ojos y se vuelve tan cotidiano.

Porque en cada gesto humilde se esconde la belleza del existir,
y en cada sonrisa compartida resuenan ecos de esperanza.
Por favor, no esperes a perder para comprender
lo inigualable que es tener.

¿No lo entiendes? ¡Piensa!
Quiero que tengas presente que nadie es perfecto en su conducta,
y eso enseña que de los errores se aprende,
que quizás a todos nos pase.
Pero ten muy presente algo:
"tus aciertos te dirán dónde estás
y tus fallos, solo que camino debes seguir."

Porque todos tenemos una historia que contar
y recuerdos que perduran en la memoria.
Porque perder, retroceder y no luchar por lo que quieres
se escriben en la misma línea.

Así que valora lo que hoy te regala la vida:
tu salud, tu familia, una palabra, un abrazo,
cada detalle que ilumina la oscuridad.
Y si en algún suspiro se esconde el adiós,
que el recuerdo de lo amado
se haga eterno en cada instante de tu vida.


EL JUEZ

Llegó el día de la sentencia. 
El juez inclemente empezó su dictamen;
no tiembla ante la súplica, su voz es el eco de la verdad olvidada.
Cargo tras cargo, su lista parecía no tener final.
Entre sombras y testigos mudos,
dictó el destino con firmeza y sin piedad.
Me sentenció al recuerdo constante por mil noches,
dictaminó que mi soledad sería dura y atroz,
que recordaría cada momento sin cesar, uno a uno, mi error.
Cada veredicto trazaba mi destino, un destino buscado, pero nunca enfrentado.
Fue cruel, pero a su vez, mi alma en pena y castigo sentía justicia.
Así, el eco de la verdad dictada llegaba a su fin,
pero había algo en esta sentencia que no esperaba.
Aunque la sombra de la culpa ya lo rodeaba todo,
el juez, con sus manos sobre el mármol que imponía su inclemente poder,
finalizó diciendo:
"El acusado es solo un suspiro en el tribunal del tiempo."


Sobre el autor

Jonathan L. Ruiz Urrego es de origen colombiano y estudiante de la Universidad Ana G. Méndez, recinto de Cupey. Su voz introspectiva explora la memoria, el tiempo y la ausencia como ejes centrales de su escritura. Sus textos se caracterizan por una atmósfera íntima y reflexiva, donde el silencio, la nostalgia y la experiencia emocional se convierten en lenguaje. Su escritura no pretende ofrecer respuestas, sino abrir espacios de reflexión.