BAJO LA MÁSCARA

Por: Luis Alejandro Polanco

O él o yo. Esto tiene que terminar. Si pulso «enviar», comenzará la batalla entre ese hombre y yo. Padre no es la palabra. Si lo fuera, no me trataría así. ¿Para qué seguir engañándome? Nunca lo fue.

Aquí estoy, sentado frente a la computadora, incapaz de decidirme. Tengo que llenarme de valor; casi nunca lo he tenido. Si oprimo la tecla, todo saldrá como lo planifiqué. La guerra está declarada. Jamás imaginé que llegaría a denunciar al hombre que me crio.

Estoy desesperado. Todo me aturde. Nada me satisface. El sufrimiento consume mi existencia, y todo por su culpa. ¿Por qué no pude ser feliz como los demás muchachos de la iglesia o del colegio, los que juegan en las calles y parecen libres? ¿De qué me ha servido vivir en un “penthouse” si lo único que recibo de mi supuesto padre es desprecio? Y eso que, por ser pastor, dice ser siervo de Dios.

Le temo por hipócrita. Frente a los demás me trata con cariño; a solas me acusa de rebelde e incorregible. Apenas soy un adolescente. Cuando busqué consuelo en los brazos de la que creí mi madre durante años, tampoco lo encontré. Ella estaba sometida al marido —«es bíblico», repetía él como chantaje—. Siempre presente, pero ausente. Miraba, callaba y lloraba. Sé que me quiere; me lo ha demostrado cuando él no está.

No entendía su apatía hasta que, por accidente, escuché una conversación con una anciana de la iglesia. Se arrepentía de haberme adoptado. Yo tenía nueve años. Ese día algo se quebró dentro de mí.

Dos años antes, con apenas siete, me había quemado las manos. Me obligaba a organizar los billetes de la ofrenda en la mesa de la cocina. Para llamar su atención, un domingo tiré el dinero al zafacón y le prendí fuego. El detector de humo empezó a sonar. Una hilera de billetes cayó entre la mesa y el recipiente y me delató.

Sus ojos ardían más que las llamas. No me golpeó con el extintor. Fue peor. Sujetó mis manos y las introdujo en el fuego. Bastaron segundos para desfigurármelas. Desde entonces cargo estos surcos perpetuos. Soy la burla de mis compañeros, la lástima de los mayores.

Me vendaron ambas. El domingo siguiente me puso como ejemplo en el sermón. Dijo que no tentaran a Dios, que yo, después de leer el pasaje de Daniel en el horno, quise probar mi fe metiendo las manos en el fuego. No quería llorar. Él decía que los hombres no lloran. Pero el huracán por dentro encontró salida en dos cauces sobre mis mejillas.

Descubrí su infidelidad jugando a las escondidas. Me oculté bajo su escritorio sin que lo notara. Entró con una mujer que buscaba «consejo» y cerró con llave. No podía escapar. No los veía, pero los escuchaba: murmullos, jadeos. El polvo me provocó un estornudo. Me sacó por el cuello, casi me estranguló. Alcancé a ver el pezón sonrosado de la joven. Era esposa de un hombre amable conmigo.

Me amenazó: si decía algo, me arrancaría la lengua. Le creí. Después me azotó con la correa para que no volviera a esconderme en su oficina. Durante semanas no pude usar pantalones cortos. Desde entonces se estrujaba con cualquiera sin pudor. Pobre mamá.

¿Quiénes serán mis verdaderos padres? No lo sé. Tampoco recuerdo mis primeros años. Lo más remoto es una vitrina de juguetería. Tenía cinco años y observaba un trencito que giraba en el escaparate. «Lo quiero», repetía. No me escuchó. En cambio, me compró una Biblia ilustrada. «Algún día me lo agradecerás», dijo.

A veces me pregunto cómo la congregación puede ser tan ciega. Ellos usan relojes baratos; él ostenta un Rolex. Ellos viajan en transporte público; él conduce un Mercedes del año. Quiere que yo continúe su ministerio, su empresa, su monarquía. No por mi bien, sino por su egoísmo. No he sentido ningún llamado. Por negarme, recibo golpes. Y, aun así, a veces sonrío. Las palizas no han borrado del todo mi rostro de niño.

He tenido crisis de fe. Me pregunto dónde está Dios. Hoy necesito que esté de mi lado.

Lo denuncié.

Envié un correo al superior de la orden pastoral y a la prensa. Durante un año grabé en la computadora de mi dormitorio cada agresión. Expliqué lo de las manos. Adjunté fotos de otras cicatrices visibles y pruebas de las invisibles. Digitalicé estados bancarios, incluso una cuenta en las Bahamas. Incluí los fraudes que lo hicieron multimillonario.

Sigo aquí, encerrado, con la computadora encendida y el televisor en silencio, esperando las primeras reacciones. No sé qué pasará. Solo sé que me he jugado la vida. Y, por primera vez, no tengo miedo.


Sobre el autor

Luis Alejandro Polanco es un escritor dominicano que residió en Puerto Rico durante treinta años. Es doctor en Filosofía y Letras y egresado de la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Además, es arquitecto y profesor en la Universidad Ana G. Méndez. Autor de la novela No habrá primavera en abril, del libro de cuentos Rastros de sombra en la arena, del cuento infantil Jesús y el pollino y de Vuelo nupcial. Coautor de las novelas Nadie descubrirá tus huellas y Los casos del agente Alfredo Olmes. Sus libros han sido premiados en Puerto Rico y Estados Unidos.