Colaboraciones

Cuando caía la tarde de un 17 de febrero, Paula García, la esposa del criollo don Francisco, trajo al mundo a su primera hija. A medida que iba creciendo todo el barrio de Santa Cruz de Carolina pudo notar que Julia era una chiquilla audaz, traviesa y desconcertante.


Cuando niña me gustaba quedarme en la casa de la tía Carmenza. Una casona en el campo con techo de dos aguas que era en un paraíso para mí.


Voy, en las alas enormes, a los momentos
de risas y juegos sin preocupaciones.
Me aferro a las memorias tomadas
de los suaves instantes del reloj.

En las tranquilas y profundas aguas del océano Atlántico, vivía Lolo, un pececito travieso y vivaracho, a quien le gustaba explorar las diversas zonas del inmenso mar. Cada día nadaba en busca de aventuras y de nuevos amigos con quien jugar.


Larga sombra mía que cae sobre mí. 
Alto sol, alta luna. 
Menguante sol, menguante luna. 
Ido sol, ida luna. 

Era un barrio pequeño donde las familias que habitaban podían contarse con los dedos de la mano, aunque sabemos que en otros tiempos estuvo más poblado que en los tiempos de mi niñez, en especial por mis familiares que luego emigraron.


Firolita era una cebra a quien le gustaba mucho el color amarillo. Decía que las rayas blancas y negras eran aburridas. —¡Me encantan los colores! El más bonito es el amarillo —dijo con entusiasmo, mientras empapaba la brocha en la pintura amarilla para cubrir sus rayas.


Aún soy el niño raro que amaba a las tortugas.
Galopando fascinado en un caballo rojizo.
Acompañado por Salgari  Cortázar  Julio Verne.
Viviendo desde dentro de mi nombre
sin la enferma comadreja de la desesperanza.
Protegido por todo mi linaje
aprendiendo lo hermoso y lo terrible.

“Brinca la tablita uno, dos y tres; bríncala tú ahora que yo me cansé…” “Cheki, morena, cheki, Cheki, morena, ¡jue! ¿Que dónde está ese ritmo caramba del merecumbé?” “Arroz con leche, se quiere casar con una viudita de la capital. Que sepa tejer, que sepa bordar, que ponga la aguja en su campanal”. ¿Recuerdan estas melodías?


Rayito de Luz
que iluminas los senderos
baña con tu luz
mis caminos en el día.



Pedro y la pelota Pedro tiene cuatro años. Siempre ha visto a sus padres y hermanos mayores jugar en el parque, y ha estado ansioso para unirse a ellos. Un día soleado, su padre le da una pequeña pelota y lo lleva al campo.